Es de una maravillosa naturalidad refrendar el amor por el cine cuando uno se encuentra con La Grazia de Paolo Sorrentino. Y es que haciendo honor a su nombre, ofrece ese indulto que cada cierto tiempo requiere el espectador, ante la exposición del estreno indiscriminado de producciones que si bien cumplen y le ofrecen un satisfactorio como mero entretenimiento, también tienden a ser olvidadas en cuanto se apagan las luces de la sala.
Al seguir los pasos de un presidente italiano humanista, católico y viudo que, en los últimos seis meses de su mandato y con su hija -profesional del derecho penal- guardándole las espaldas, enfrenta la disyuntiva de aprobar o no, la ley de la eutanasia; no importa si se trata de los sofisticados escenarios del palacio de gobierno, los establos o las cárceles, la cámara se desliza sobria y exenta de exabruptos para atender sin prisa pero con un calculado sentido dramático reforzado por puntuales acordes distorsionados, los procesos mentales y emocionales del personaje, enmarcados en secuencias de un arrebatador virtuosismo estético donde las sombras son un elegante y seductor cómplice invasor de los decorados.
La poética de la acción materializa momentos sugestivos en todo momento, incluidos aquellos que van de los compromisos profesionales a presentar al hombre atormentado por la duda causada por una infidelidad perpetrada hace décadas, o simplemente fumando un cigarro para detonar la evocación de una amada esposa fallecida que aparece casi diáfana en visones donde al caminar suspendida entre el sol y la bruma no sabemos si viene o va.
Se trata de una sutil mezcla de lo político y lo personal con leves toques de humor alimentados por cierta ternura y hasta algo de aguda irreverencia cortesía del personaje encarnado por Milvia Marigluano -En carne propia: Los últimos días de Stefano Cucchi (2018)-, que vuelve irresistible lo insondable de las disertaciones cuando recordar ya no pareciera ser volver a vivir, sino morir de a poco. Una introspección que solo da tregua cuando la música se convierte en alivio ante la pesadez del trayecto, y las preguntas resuenan lentas pero constantes “¿A quién pertenecen nuestros días?”.
La Grazia, del también responsable de Fue la mano de Dios (2021) y Parthenope: Los amores de Nápoles (2024), quien además tiene al protagonista ideal en el oficioso veterano Toni Servillo -Cartas sicilianas (2024)-; es bella, equilibrada, profunda y conmovedora hasta el final, quizás la mejor película que ha entregado, lo cual, dado el nivel de su filmografía, representa un portento.
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JVR


