La cantante Rosalía ofició una misa de redención en la que estuvieron presentes lo sacro y lo profano, pero también símbolos que han construido la historia del arte: la ópera, el ballet, las pinturas de Degas, Goya o Da Vinci y la escultura griega. Hizo este trenzado artístico para vulnerarse, mostrar su “animal espiritual” y su fuerza interior y creativa.
Sus fanáticos asistieron a esta misa de la gira LUX en el Palacio de los Deportes con velos, cruces, relicarios, rosarios, vestidos de monjas o con sotanas, atuendos que eran una mezcla entre lo sacro y lo profano, a través de los escotes, las minifaldas o las transparencias.
Como si se tratara de una ópera, el show se dividió en actos y contó con traducción de cada una de las canciones. El primer bloque se inauguró con “Sexo, violencia y llantas” y “Reliquia”, en el que Rosalía vistió un tutú que la hacía ver como una muñeca de porcelana, pero también recordaba a las célebres pinturas de Degas.
Con la directora Yudi Heredia y los de músicos de cámara de la Heritage Orchestra abajo del escenario, cantó “Porcelana”, en la que, bajo la dirección artística del colectivo francés (LA) HORDE, llevó el ballet al escenario masivo del Domo de Cobre.
Al verla en puntas y haciendo algunos jetés, retirés o un arabesque, el público se desvivió en aplausos para la cantante. Pese al impresionante dispositivo visual: dos escaleras, un círculo en medio, luces y bailarines que sirvieron de soporte, al verla sin lo mínimo que requiere la técnica de este arte, a veces se sintió como ver la función de una escuela de aficionados.
Fue el único momento desafortunado del show, porque Rosalía demostró que si algo sabe es crear conceptos que potencien la versatilidad de su voz, como lo hizo en “Mio Cristo piange diamanti”, en la que logró que los gritos pararan por un momento para contemplar esta interpretación en la que lució inmaculada con un velo blanco y en la que destacó la potencia de su voz, al estilo de las sopranos, acompañada por el sonido de los violines y el piano.
“Buenas noches, México. Venir desde Cataluña y encontrarme siempre con tanto cariño es algo que nunca voy a dejar de agradecer; siempre me siento apapachada. Mil gracias, porque mis canciones tengan cabida y sentido en México. Gracias por estar en Motomami y por estar aquí. Me emociona mucho”, dijo en su primer mensaje para los fans, con quienes durante todo el concierto se mostró cercana.
Para el acto II, Rosalía dio paso a lo profano con la interpretación de “Berghain”, enfundada en un atuendo negro y con una estética y coreografía que evocó a El aquelarre, de Francisco de Goya. No sólo destacó el virtuosismo de la orquesta, sino también un performance en el que estuvieron presentes el ritual, la brujería y el pecado. Ella al centro y los bailarines cayendo uno a uno.
Como en esta parte del show se dejó de lado lo sacro, hubo oportunidad de bailar y twerquear con “Saoko”, del disco Motomami. Inmediatamente, el público se entregó a ese embrujo. “Aquí se siente la altura. ¿Cuántas motomamis chilangas tenemos aquí?”, preguntó y recibió un rotundo grito de todo el Domo de Cobre.
Para “La fama”, Rosalía siguió regalando momentos visuales que nos seguían recordando al arte, en este caso bailarines emulando a esculturas renacentistas, cada uno sobre una especie de pedestal.
Los arreglos orquestales de varios de sus éxitos fueron lo más destacado de este bloque, como la exquisita versión de “De madrugá”, pues la orquesta potenció este tema.
Después del pecado, para el acto III vino la búsqueda del perdón; con “El redentor”, evocó la escultura Venus de Milo, y para el cover “Can’t Take My Eyes Off You” se convirtió en La Mona Lisa en el Museo del Louvre. Cantó detrás del marco de un cuadro mientras fans que subieron al escenario la observaban y le tomaban fotos, tal como ocurre en el recinto parisino que reúne a miles que buscan admirar esta pintura de Leonardo da Vinci. La orquesta también embelesó con este arreglo.
En la misa también hubo confesionario y la invitada de la noche fue la cantante e influencer Kenia Os, quien habló de su relación con un cantante, a quien llamó el cacas, y le fue infiel. La intérprete dejó varias lecciones con su historia: “Que ojo de loca, no se equivoca” —frase que completaron las fans con un contundente grito— y “que cuando te dicen que no es ella, es ella”. Al final Rosalía le dijo: “Tu pecado, amiga, es creerles cuando dicen ‘Es sólo una amiga’”.
Este momento dio paso a “La perla”, pero antes de interpretarla, Rosalía agradeció a la música ranchera y reconoció que, sin “Rata de dos patas”, de Paquita la del Barrio, su canción no existiría.
En “La perla” no sólo ofreció una canción de desahogo, sino también una fantasía visual que estuvo a cargo de Dimitris Papaioannou, considerado maestro del encanto escénico. Unas manos con guantes fueron el dispositivo en el que Rosalía parecía estar flotando o se convertían en un tocado sobre su cabeza. La experiencia se completó con los virtuosos violines.
Para “Sauvignon blanc”, la afortunada fue una recién egresada de la universidad, a quien le dedicó la canción. Rosalía brindó con tequila sentada sobre el piano que tocó Llorenç Barceló, quien fue su compañero en la escuela. Además de la entrañable interpretación, fue un momento bello al ver cómo caían sobre ella lo que parecían gotas de lluvia.
En el concierto también hubo un espacio para rendirle homenaje al flamenco. “La música mexicana y el flamenco son como hermanos. Se puede llorar, reír, cantar”, dijo la artista antes de regalar en medio de la pista del Domo de Cobre y de la orquesta, la interpretación de “La rumba del perdón”. El público la acompañó con las palmas y una mujer entre el público bailó flamenco apasionadamente.
El acto IV fue como una muerte simbólica de liberación, por eso sonaron “Bizcochito” y “Despechá”, que puso a bailar a todos sus fans. Rosalía portó unas alas y, después de este éxtasis, vino el deceso, en “Focu ‘ranni”, emuló el final del ballet El lago de los cisnes, al dejarse caer y desaparecer del escenario.
El final con “Magnolias” fue como su resurrección. El coro y los músicos de la Heritage Orchestra, dirigidos por la cubana Yudi Heredia, refrendaron por qué en LUX también son protagonistas.
La misa terminó y Rosalía demostró una evolución más en su música y en sus conciertos, y de paso logró que, después de ser ovacionada, el público se entregara en aplausos para la orquesta y la directora.
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