Introdujo la fantasía oscura al México rural

El ahijado de la muerte: 80 años de vivir gracias a la calaca

Norman Foster adapta el cuento de los hermanos Grimm con identidad nacional; destaca por sus juegos de luz y movimientos de cámara poco usuales para la época

Fotogramas del filme protagonizado por Jorge Negrete
Fotogramas del filme protagonizado por Jorge Negrete Foto: Especial

Sin temor a equivocarme, una de las películas mexicanas que mejor representa la festividad del Día de Muertos es la obra cumbre de Roberto Gavaldón, Macario (1960). Sin embargo, eso no significa que sea la única que haya abordado esta celebración dentro de la cinematografía nacional, pues existen otros títulos que, desde diferentes perspectivas, han recurrido a la tradición mexicana para construir sus historias.

Tres años antes había llegado a las pantallas nacionales La Dulce Enemiga (1957), del director Tito Davison, protagonizada por la despampanante Silvia Pinal. En el rubro de la animación tenemos La Leyenda de la Nahuala (2007), de Ricardo Arnaiz, mientras que, durante la época de la sexy comedia en la década de los 80, se estrenó Los Hijos de la Guayaba, Día de Difuntos (1988), escrita y dirigida por Luis Alcoriza. Y este dato es importante porque justamente fue Luis Alcoriza, junto con su esposa Janet, quien escribió la primera película mexicana (antes, el cineasta soviético Serguéi Eisenstein filmaría ¡Que Viva México! En 1930 con un episodio dedicado a esa festividad, pero no es considerada cine mexicano per se) que tomaría abiertamente el tema del Día de Muertos durante el auge de la primera Época de Oro del cine mexicano.

Me refiero a El Ahijado de la Muerte (1946), del director estadounidense Norman Foster, filmada en Tepoztlán, Morelos, y protagonizada por Jorge Negrete, Rita Conde, Leopoldo Chato Ortín, Tito Junco, Emma Roldán y Alejandro Ciangherotti estrenada el 31 de octubre de 1946 en el desaparecido cine Palacio.

  • El Dato: El filme El Ahijado de la Muerte se rodó 11 años antes que El séptimo sello, de cineasta sueco Ingmar Bergman, quien popularizó este tema en Europa.

¡YA NO LE BUIGAS! YO SERÉ LA MADRINA DE TU HIJO. Los Alcoriza, a diferencia de Traven, quien adapta sin reparo la obra de los Hermanos Grimm en Macario, se decantan por el cuento popular español con el que creció Luis para adaptarlo a la provincia mexicana durante los tiempos de la Revolución Mexicana. Una decisión que permite trasladar una narración de carácter fantástico a un contexto social muy particular, donde las diferencias entre los poderosos y los desposeídos forman parte fundamental de la historia.

De hecho, la película comienza en un campamento provisional donde los revolucionarios descansan entre los restos de una capilla. Es ahí donde llega un anciano que les cuenta la historia de Pedro Ruiz, el caporal que, luego de enfrentarse a los secuaces del dueño de la hacienda donde creció, se une a unos chinacos rebeldes para luchar contra las injusticias de clase a mediados del siglo XIX. Después de esta presentación del anciano a los revolucionarios, el cuento toma forma al regresar al pasado para conocer a Dionisio —Leopoldo Chato Ortín—, quien busca quién apadrine a su hijo recién nacido en pleno Día de Muertos, siendo la mismísima Muerte —¿quién mejor que la maravillosa Emma Roldán para representarla? — quien se ofrece a cuidar al niño Pedro como su madrina durante toda su vida.

YO SECO LAS LÁGRIMAS, PARO EL HAMBRE…Desde las primeras tomas notamos la mano firme de la dirección de Foster, quien desarrolla aún más el texto escrito por los Alcoriza al dotar a sus personajes de claros comportamientos emanados de las diferencias de clase, resaltando en principio el argumento de la beatificación de la pobreza, tan recurrente en el cine de esa primera Época de Oro. No hay que olvidar que estábamos saliendo del sexenio de Ávila Camacho y a punto de entrar en el México del desarrollo estabilizador de Miguel Alemán, un periodo en el que las transformaciones económicas y sociales del país también se reflejaban, de una u otra manera, en las historias que llegaban a las pantallas.

Foster utiliza de forma precisa todos los decorados de Gunther Gerzso, permitiendo a su vez que la cámara de Jack Draper se involucre en cada secuencia con movimientos poco usuales en ese momento dentro del cine mexicano y juegos de luz (que nos remite al expresionismo alemán) para crear las atmósferas cuando la historia involucra momentos sobrenaturales, especialmente aquellos que comparten Dionisio y su comadre la Muerte.

SOY EL FIN DEL DOLOR Y LA MISERIA. Marcando fuertemente las diferencias de clase entre los protagonistas, los personajes se mueven entre el conflicto social, el romance casi imposible y la intervención sobrenatural de la Muerte, quien cuida a su ahijado para que este logre salir adelante de las mil dificultades que le acarrea ser el encargado de la hacienda frente a los hacendados arrogantes, también herederos del patrón, dando como resultado una historia que se mueve entre la tradición oral, el melodrama rural y la fantasía sobrenatural.

En ese sentido, la historia se aleja de la concepción tradicional de la Muerte como una amenaza inevitable para convertirla en una figura que participa activamente en el destino de Pedro. La relación entre ambos permite que la historia mantenga un equilibrio entre sus elementos fantásticos y el contexto social en el que se desarrolla, sin que uno termine por anular al otro.

Además, vemos a un pletórico Jorge Negrete, cuya imagen cinematográfica estaba estrechamente ligada al charro mexicano, y que encuentra aquí un personaje que le permite desenvolverse en un registro diferente, enfrentándose a situaciones dramáticas que van más allá de la figura del galán o del héroe tradicional.

SOY AHIJADO DE LA MUERTE, LA LLORONA ME DIVIERTE CON SUS CANTOS DE DOLOR. Una película de corte sobrenatural que inicia y termina en el Día de Muertos para cerrar toda la trama, donde el campo mexicano se convierte en una especie de limbo en el que los personajes luchan por encontrar su camino hacia la redención donde el único con ventaja es Pedro, el ahijado de la Muerte.

Y es precisamente en esa combinación de fantasía, melodrama y crítica social donde encontramos uno de los mayores atractivos de El Ahijado de la Muerte, una película que representa una interesante alternativa para acercarnos a las producciones que han utilizado nuestras tradiciones como punto de partida para contar historias que van más allá de lo sobrenatural.

Porque si bien Macario es, sin duda, la película que ha quedado grabada en el imaginario nacional como la representación cinematográfica por excelencia de la relación entre los mexicanos y la Muerte, los Alcoriza construyen una historia donde la Muerte no solamente acompaña al protagonista, sino que se convierte en una especie de protectora ante las injusticias de un mundo dominado por las diferencias sociales.


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