LEJOS de ser sólo una construcción cultural, el amor tiene raíces profundas en nuestra historia evolutiva y nos ha ayudado a construir nuestras sociedades tal y como las conocemos.
Un estudio reciente de la Universidad de Oxford sugiere que conductas de contacto afectivo, como el beso, podrían tener raíces evolutivas en ancestros lejanos de humanos y neandertales, relacionados al vínculo social y a la reproducción.
Desde entonces, el enamoramiento se ha transformado junto con nuestra especie, ha moldeado relaciones, emociones y formas de interacción a través de los años. También ayudó a la supervivencia de la especie, desde sus fines meramente reproductivos hasta el desarrollo de vínculos afectivos.

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Hoy en día sabemos que este impulso ancestral activa complejos procesos biológicos, pues estimula el sistema de recompensa y libera dopamina, asociada al placer y la motivación; oxitocina y vasopresina, que fortalecen el apego; y adrenalina, responsable de la aceleración y la emoción intensa.

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