Darle una oportunidad al INE

El optimismo se define como una tendencia a observar y analizar la realidad existente desde su aspecto más favorable. Después de lo acontecido en los últimos meses, sería imposible negar que el Instituto Nacional Electoral, está próxima a convertirse en una realidad existente. Es por eso que hoy, en contra de la opinión general, me propongo observar, desde una perspectiva optimista, el nacimiento y futuro de este nuevo instituto.

A veintitrés años de su creación, el prácticamente pulcro desempeño del Instituto Federal Electoral es innegable. En numerosas ocasiones desde ese 1990 que lo vió nacer ha contribuido sustancialmente a la consolidación de la incipiente democracia mexicana. Creció de la mano del padrón electoral y supo afrontar los importantes retos que se le presentaron, tanto en la elección de 2006 como en la elección de 2012. Sin embargo, como no es poco común en las grandes instituciones, el proceso de descentralización se le fue de las manos. La autonomía que se le otorgó a los institutos estatales resultó en condiciones de corrupción y manipulación de las elecciones locales a manos de gobernadores corruptos de todos los partidos. Los altos estatutos de profesionalidad impuestos para los consejeros nacionales no se pudieron replicar en los consejeros estatales.

A manera de respuesta a esta problemática, las diferentes facciones en el Congreso de la república, votaron a favor de la creación de un nuevo Instituto Nacional Electoral que pretende implementar una mayor centralización de los institutos estatales, sin afectar la autonomía que el orden federalista de nuestra nación le otorga a cada Estado. El propósito final es simple: aumentar la vigilancia. El nuevo Instituto será una guía y un apoyo para los institutos locales con el propósito de garantizar la imparcialidad y la operación limpia y legítima de las elecciones locales; con el propósito colateral de disminuir los importantes costos que estas elecciones significaban para el presupuesto electoral.

Hay que reconocer que ninguna reforma, por más profunda que sea, puede resultar en una solución mesiánica a todos los problemas del sistema electoral mexicano; ni tampoco puede evitar ser susceptible de manipulaciones políticas. Parece ser que las elecciones locales de este 2014 y las intermedias de 2015, serán las pruebas definitorias de la viabilidad y efectividad del Instituto Nacional Electoral. Sin embargo podemos reconocer que en papel, la futura realidad no parece tan mala. Ningún escepticismo es condenado y el debate continúa abiertamente. Pero tal vez, un poco de optimismo y fe no pueda lastimarnos; bien sabemos que es algo de lo que muchos mexicanos carecemos. Valdría la pena recordar ese optimismo que unos cuantos, o muchos mexicanos, le tuvieron al Instituto Federal Electoral en ese turbulento 1990 habiéndole dado a la gran mayoría, la satisfacción de una tarea bien hecha.

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