Hartas de que persistan los abusos laborales, sexuales, psicológicos, económicos y de seguridad, miles de mujeres volvieron a inundar calles de la Ciudad de México con una oleada violeta que no cesó durante casi diez horas, en las que los gritos y consignas dejaron claro un reclamo: ni un Mundial ni la captura de un narcotraficante ha puesto fin a las violencias.
Fueron centenares de nombres: Eliza, Viviana, Maricela, Lucía… hermanas, hijas, madres, amigas, vecinas cuyo rostro un día sus seres queridos dejaron de ver pero que este 8 de marzo cargaron en pancartas, fichas de búsqueda o carteles para exigir al Estado que descongestione y acelere la garantía de justicia que, denuncian, las autoridades siempre prometen pero terminan por no cumplir.
Es el caso de Jaqueline, por quien un colectivo de más de 20 mujeres fue de los primeros en llegar al Monumento a la Revolución desde las 10:00 horas. Su madre, Mariana, cuenta que su hija un día salió a tomar un café con una amiga y, al día siguiente, su cuerpo sin vida fue localizado detrás de un hospital en Los Reyes La Paz, Estado de México.
Con la voz cortada, caminó hacia la Plaza de la Constitución con la esperanza de que el caso de su hija haga el eco suficiente para que la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM) capture al responsable, sobre el que, asegura, hay indicios.
Entre los gritos y consignas, el abatimiento del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, “El Mencho”, fue motivo de reclamo al comparar que el operativo en su contra obtuvo un despliegue de elementos de seguridad y de una amplia cobertura mediática con la que no cuentan los feminicidios, desapariciones y violaciones cometidas contra mujeres.
El cuestionamiento principal: que sí se tuviera la capacidad para dar con el capo, pero no se demuestre la misma para encontrar a quienes desaparecen o a los responsables de cada delito que se sigue denunciando.
“El gobierno sí tuvo la capacidad de eliminar a uno de los capos más buscados, pero no logra descubrir quién le arrebató la vida a tu hija?”, se leía entre las pancartas que arrastraba la marea violeta.
Mientras la Copa del Mundo es motivo de remodelaciones aceleradas en calles, estadios y el transporte por parte de las autoridades, este 8 de marzo se escuchó entre las quejas de miles: “No queremos un Mundial, queremos seguridad”, gritaban los contingentes a su paso desde Reforma, avenida Juárez y 5 de Mayo para llegar al Zócalo.
Y es que la justa deportiva es señalada del desplazamiento de comercios y habitantes que apenas y sobrevivían en los alrededores de estadios y colonias que recibirán a los extranjeros; la responsabilizan del encarecimiento de rentas y el crecimiento de la gentrificación.
En el Zócalo ya esperaban las vallas que autoridades instalan ante cada movilización. Al inicio de la marcha no se les realizaron más que pintas, y sí uno que otro golpeteo; además, pegaron fichas de búsqueda de mujeres desaparecidas, denuncias de ataques enfrentados, así como fotos y nombres de agresores.
Al centro de la plancha del Zócalo se encontraba un templete, donde el micrófono era tomado por toda mujer para pedir ayuda, desahogarse, denunciar. A las tablas de madera subió una pequeña de no más de 6 años de edad a hablar del abuso que un hombre cometió contra ella; una adulta mayor que, tartamudeando, expuso que sus dos hijos la abandonaron luego de haber entregado todo para que pudieran ‘ser alguien en la vida’.
Pero la tarde avanzó. Hacia las 17:00 horas miles de mujeres aún llegaban por 5 de Mayo: mujeres con cáncer para denunciar la insuficiencia de medicamentos y servicios; colectivos de mujeres sordomudas, exigiendo inclusión en espacios públicos y servicios básicos; trabajadoras del hogar, que enfrentan salarios insuficientes y tratos denigrantes de sus empleadores; madres víctimas de violencia vicaria.
En la esquina, trabajadoras de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México formaron una fila que evitara la dispersión de las manifestantes hacia un costado de la Catedral, donde las ateneas, mujeres policías, se encontraban formadas con casco, escudo y extintores.
Y cuando los contingentes terminaron de ingresar al Zócalo, cuando el templete de denuncia ya era retirado y las manifestantes quemaban en distintos puntos sus pancartas, los golpes contra las vallas, que en inició sólo realizaba el llamado bloque negro, se convirtieron en decenas de manifestantes de diversos colectivos que se abalanzaron con las palmas extendidas para intentar derribar las estructuras metálicas que blindaban la Catedral Metropolitana.
De un momento a otro, la multitud se “repartió las tareas”: mujeres encapuchadas vestidas en color negro, otras con alas moradas tapizadas de diamantina se dedicaron a romper el concreto con martillos y jalar los barandales de una de las entradas al metro Zócalo.
Otros grupos corrieron a los puestos ambulantes de frutas a recolectar las bolsas de basura con cáscaras.
Una vez arrancados los barandales, intentaron usarlos como escaleras para trepar las vallas, pero los policías detrás usaron extintores para alejarlas, pero esto provocó lo contrario: entre insultos y gritos contra los uniformados, unieron fuerzas para cargarlos, dieron unos pasos atrás para impulsarse y luego correr a embestir las vallas, lo que llevó a que una puerta se desprendiera.
De inmediato, los policías treparon por arriba de las estructuras con extintores que apuntaron hacia las mujeres, que enfurecidas comenzaron a lanzar los pedazos del concreto desprendido de los barandales, así como las cáscaras de fruta que recogieron a los ambulantes.
En menos de 10 minutos, aquella esquina entre Palacio Nacional y la Catedral se cubrió del polvo de los extintores; las manifestantes ya se habían concentrado y como podían, unas seguían lanzado basura, piedras, embistiendo con los barandales arrancados del Metro y unas agitaban sus pancartas para dispersar las sustancias que ya tenían a todas cubiertas en polvo, con tos y ardor en los ojos.
Los intentos de tirar las protecciones no cesaron hasta que los policías arreciaron el uso de extintores y lanzaron las piedras hacia las manifestantes, mientras hacían estallar pirotecnia detrás de las vallas. Varias corrieron a refugiarse.
Elementos del Escuadrón de Rescate y Emergencias Médicas (ERUM) corrían a auxiliar a las lesionadas por las rocas, por los golpes a las vallas y por las caídas que se dio entre la huida de la multitud.
La noche cayó y detrás de las vallas se veía cruzar la pirotecnia que estallaba en el aire o ya del lado de las pocas manifestantes que aún permanecieron en el lugar, mientras el centro del Zócalo se elevaban las llamas de las pancartas, cartones, hojas de papel y demás materiales sobre los que miles de mujeres salieron a denunciar la violencia que no ven dar marcha atrás.
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cehr