El sol cae a plomo sobre el Cerro de la Estrella y el polvo se levanta con cada paso. Entre túnicas moradas, cascos romanos y pies descalzos, hay algo que no aparece en los programas ni en las cifras oficiales de la 138 representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa: los ausentes que caminan entre la multitud.
Sobre muchas cruces de madera no sólo hay vetas y clavos; también cuelgan rostros impresos, nombres escritos con marcador, fechas que no se borran. Algunas llevan fotografías protegidas con cinta; otras, pequeños rosarios, cartas dobladas, estampas. Cada una carga una historia que no alcanzó a llegar por sí misma.
- El Dato: Arnulfo Eduardo Morales Galicia, un médico de 25 años egresado de la UNAM y originario del barrio de San Lucas, fue quien representó a Jesús en la 183 edición del Viacrucis.

Miguel Ángel Figueroa Martínez avanza con paso firme. Su armadura de guardia romano brilla bajo la luz, pero lo que más destaca se encuentra en su brazo: la fotografía de su amigo Javier, quien murió hace tres años. No la esconde. La muestra como si fuera parte del uniforme. Para él, esa imagen no pesa. Lo sostiene. “Está acompañándome porque gracias a él yo volví a retomar esto de salir”, dice mientras acomoda el broche que la sostiene.

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En su voz no hay solemnidad impostada. Habla como quien comparte algo íntimo en medio del ruido. Luego mira hacia la procesión que serpentea entre la Macroplaza y el cerro, y lanza una invitación que suena más a confesión que a discurso: “A veces uno pide por algún familiar enfermo, otras por uno mismo. Es algo que poco a poco se va a ganar el corazón de la gente”.
Raúl Mosco Reyes conoce cada pendiente del recorrido. Nació en el barrio de San Pedro y suma 14 años como nazareno. La cruz que carga no es nueva. Tampoco ligera. Su padre se la heredó y, sobre la madera, aún se leen sus iniciales. Sin embargo, no son las únicas. En otro tramo aparecen las de un amigo que enfrenta un proceso judicial que él considera injusto.

“Lleva un año en el reclusorio y la fecha que trae es el día de la audiencia, entonces esperamos que todo pinte a favor de que ya salga”. La cruz, en ese momento, deja de ser símbolo religioso para convertirse en expediente, en espera, en resistencia.
Unos metros atrás se encuentra Blanca. Su cruz no tiene grabados, pero sí capas de memoria. Sobre la superficie pegó impresiones de los últimos mensajes que intercambió con su hermana Leticia. La joven desapareció hace dos años después de salir del trabajo. Junto a los textos, colocó su fotografía y un pequeño rosario de madera que le pertenecía.
“La única instancia en la que aún tengo fe para encontrar a mi hermana es la de esta cruz. A ella le gustaba venir, así que siento que es una forma de no permitir que me la arrebaten”, afirma sin apartar la mirada del camino. Cada paso suyo marca un ritmo distinto, como si midiera el tiempo desde la ausencia.

En Iztapalapa, las cruces no surgen al azar. Detrás de cada una hay manos que conocen el oficio desde hace generaciones. Carpinteros de distintos barrios dedican semanas a construirlas. Algunas superan los tres mil pesos; otras se reparan año con año. Raúl lo resume con naturalidad: “Todos los carpinteros de Iztapalapa se avientan al menos una al año; como puedes ver, somos bastantes, y muchos no sólo sacan nuevas, también las mandan a reparar o a grabar nuevas cosas”.
La cruz que carga el actor que representa a Jesús también esconde una historia familiar. Por años fue hecha por el mismo carpintero del barrio de San Lucas, quien falleció el año pasado, y heredó esta tarea a su hijo Juan Carlos.
Juan Carlos tomó el lugar frente al banco de trabajo y asumió la responsabilidad con una mezcla de orgullo y duelo. Cada golpe de martillo le recuerda de dónde viene la madera que sostiene la representación. Para Juan Carlos, esa cruz no es sólo un encargo: es la manera de mantener viva la historia familiar dentro de una celebración que también se construye desde los talleres ocultos del barrio.
El color también habla. Las cruces negras destacan entre las demás. No sólo por el tono oscuro, sino por lo que representan. Quien sostiene una de esas lleva una petición difícil, una carga que no se nombra con facilidad. No basta la fe. Se necesita resistencia. Al final del recorrido, cuando el calor cede y la multitud guarda silencio ante la escena culminante, las fotografías, los nombres y las cartas siguen ahí. No se retiran. No se doblan. Permanecen sujetas a la madera como si también hubieran completado el trayecto.
En Iztapalapa, nadie camina solo. Aunque algunos ya no estén, alguien encuentra la forma de traerlos de vuelta. Aunque sea en papel, aunque sea en silencio, aunque sea sobre una cruz.
Asisten casi 3 millones a representación de Cristo
› Por Elizabeth Hernández
La alcaldía Iztapalapa cerró la jornada principal de la 183 representación de la Pasión de Cristo con saldo blanco, tras recibir a casi 2.8 millones de personas en los ocho barrios originales y otras colonias, 600 mil más que el año anterior, informó la alcaldesa Aleida Alavez Ruiz.
“Iztapalapa ha cumplido con el mundo, hemos protegido nuestra historia y cuidado a nuestra gente”, afirmó la alcaldesa al subrayar que la representación, reconocida como patrimonio cultural inmaterial por la UNESCO desde este año, se desarrolló bajo un operativo que priorizó la seguridad.
Alavez Ruiz resaltó que el reconocimiento internacional obligó a elevar el nivel de producción, por lo que se destinaron 22 millones de pesos a la rehabilitación de la ruta de la pasión, con mejoras en imagen urbana, iluminación y espacios públicos.
Para la jornada se desplegaron dos mil 200 trabajadores de la alcaldía y hasta nueve mil elementos de seguridad con picos de tres mil 500 en momentos críticos. La atención médica contó con 320 profesionales, quienes brindaron mil 89 servicios y dos intervenciones relevantes.
Sobre la venta de alcohol, la alcaldesa de Iztapalapa reconoció que, pese a la aplicación de la ley seca, no se ha logrado erradicar por completo esta práctica en calles aledañas al viacrucis. “Es un mal en toda la ciudad”, señaló.
Además, informó que en semanas previas se decomisaron alrededor de 10 mil litros de bebidas alcohólicas, los cuales serán entregados a la Universidad Autónoma Metropolitana para su reutilización como combustible. El dispositivo de seguridad también incluyó un apartado para el cuidado de 22 caballos bajo supervisión de veterinarios de la UNAM, quienes acompañaron el recorrido para garantizar que no hubiera maltrato animal.

