Nadie los cuenta como mexicanos, pero están ahí. Forman parte del tercio de militares activos en el Ejército de Estados Unidos (US Army, por sus siglas en inglés) que se identifican como latinos, marchan en filas donde el español suena con naturalidad y, en muchos casos, nacieron fuera de ese país.
Desde 2002, miles de extranjeros han obtenido la ciudadanía estadounidense a través del servicio militar, un proceso que convirtió al uniforme en puerta de entrada formal para miles de migrantes. Entre ellos, México figura como uno de los principales países de origen de los militares, con cerca del nueve por ciento de la tropa del Ejército de EU que nacieron en el extranjero. Aun así, su rastro se pierde entre categorías amplias que los nombran como “hispanos” o “naturalizados”.
- El Dato: El Pentágono registró a cuatro militares mexicanos que figuran en la lista de soldados estadounidenses heridos desde que comenzó la confrontación con Irán, el 28 de febrero.
Las cifras oficiales hablan de latinos, no de nacionalidades. En 2023, más de 314 mil militares en activo se identificaron como hispanos, lo que representa 16 por ciento del total. Dentro de ese grupo, México ocupó el segundo lugar como país de origen entre los soldados activos, y el primero en el número de veteranos.
Carlos Méndez tomó la decisión en Texas a los 21 años: “No lo hice por la bandera, lo hice porque era la única forma de tener papeles”. El mexicano llegó de Guanajuato y trabajó en un restaurante antes de enlistarse.
En ese momento, las cifras sobre reclutamiento extranjero reflejaban una tendencia clara cuando decenas de latinos encontraron en las Fuerzas Armadas una alternativa para su regularización.
Tras completar su entrenamiento, inició su proceso de naturalización, uno de los más de 187 mil casos registrados desde 2002. Sin embargo, el paso del tiempo introdujo dudas: “¿Estás dispuesto a arriesgar la vida por un país que no es donde naciste? Eso no es fácil de procesar”.
- 314 mil militares en activo se identificaron como hispanos en 2023
El impacto del 11 de septiembre del 2001 marcó a otra generación de migrantes que encontró en el ejército una puerta rápida para “el sueño americano”.
Miguel Torres cruzó la frontera desde Oaxaca en 1999 con la intención de encontrar empleo. Dos años después, el endurecimiento del contexto económico lo llevó a una oficina de reclutamiento: “Me dijeron que podía regularizar mi situación. Firmé por necesidad, no por convicción”.
Para entonces, la presencia de latinos en el Ejército ya crecía de forma sostenida, impulsada por la demanda de personal en conflictos como Irak y Afganistán.
El mexicano fue enviado a Medio Oriente en 2004, después obtuvo la ciudadanía estadounidense: “Pensaba en mi familia en México. Sentía que estaba en medio de dos mundos”.
Las cifras confirmaron que el fenómeno no resultó aislado. México se consolidó como uno de los principales países de origen entre militares nacidos en el extranjero, con cerca del nueve por ciento. Sin embargo, el Departamento de Defensa de EU (DOD, por sus siglas en inglés) evitó desglosar datos específicos de sus elementos por nacionalidad, lo que diluyó su peso real en registros oficiales.
Jorge Ramírez, veterano de Irak nacido en Jalisco, cuestionó la omisión.
“Nunca apareces como mexicano, eres parte de un grupo que tampoco es tuyo del todo. Eso borra tu historia, que es la finalidad de ganar la ciudadanía”, denunció Ramírez.
El programa de Incorporación Militar para el Interés Nacional (MAVNI, por sus siglas en inglés) abrió una puerta adicional para extranjeros con habilidades estratégicas. Ana López, enfermera de Puebla, accedió a ese esquema antes de su cancelación: “Era una oportunidad directa. Me ofrecieron estabilidad y ciudadanía. No lo dudé”.
Su caso se sumó a miles de procesos de naturalización acelerada en las Fuerzas Armadas. Tras completar su formación, obtuvo documentos legales, aunque el cierre del programa dejó a otros aspirantes en la incertidumbre: “Varias personas se quedaron sin opción. El programa desapareció y, con él, la posibilidad de regularizar”.
José Luis Carrillo, mecánico especializado en sistemas aeronáuticos, encontró en este programa una oportunidad que no existía fuera del ámbito militar. Llegó desde Chihuahua con experiencia técnica, pero sin documentos que le permitieran ejercer su oficio en EU.
“El reclutador me dijo que necesitaban gente con conocimientos específicos. Yo sabía reparar sistemas complejos, pero nadie me contrataba por mi estatus migratorio”, recordó.
Luis Carrillo se enlistó con la expectativa de regularizar su situación migratoria y acceder a mejores condiciones laborales. Su perfil técnico resultó clave dentro de su unidad, donde participó en el mantenimiento de aeronaves: “Yo no entré por vocación militar. Entré porque era la única forma de trabajar en lo que sabía hacer y tener papeles”.
“Tuve suerte, muchos compañeros se quedaron fuera. Algunos tenían más preparación que yo y no alcanzaron a entrar”, señaló, a pesar de los beneficios, el conflicto persiste: “Sabes que estás ayudando a un país que no es el tuyo. Eso no cambia, aunque tengas un pasaporte distinto”.
Pero este mecanismo afecta a las familias de los migrantes enlistados, ya que para reunirse con ellos tienen que enfrentar procesos distintos pese al servicio de sus seres queridos.
María García, esposa de un soldado mexicano en activo, vivió esa diferencia y, por años, no pudo trabajar legalmente: “Mi esposo sirve al país, pero yo tuve que hacer un proceso aparte. No fue automático”.
En grupos de apoyo de esposas latinas la experiencia se repitió con frecuencia: “No recibimos el mismo trato, tenemos que demostrar todo dos veces”.
Esa desigualdad contrastó con los beneficios que el sistema otorgó a otros núcleos familiares dentro de las Fuerzas Armadas.
La magnitud del fenómeno se reflejó en la presencia de latinos en zonas de combate. En conflictos recientes, reportes identificaron a soldados de origen mexicano entre heridos y caídos, aunque sin cifras consolidadas. Esa ausencia de registros detallados reforzó la invisibilidad de su participación. A pesar de ello, su peso resultó evidente en el terreno, donde el español formó parte cotidiana de la vida militar.
El servicio militar de EU ofreció documentos, ingresos estables y acceso a beneficios en un contexto donde otras rutas permanecieron cerradas. A cambio, exigió disciplina, riesgo y una lealtad compleja
Entre órdenes en inglés y conversaciones en español, miles de mexicanos participaron en guerras internacionales sin que su presencia quedará plenamente reconocida en estadísticas oficiales. Sus historias avanzan entre números generales que no alcanzaron a nombrarlos, mientras cada testimonio confirmó que la búsqueda de ciudadanía también se libra en el campo de guerra internacional.