“Es bonito decir que aportamos, pero ¿ellos qué aportan?”, cuestiona Teresa Márquez López mientras acomoda productos de limpieza antes de iniciar otra jornada laboral en Manhattan.
Hace veinte años dejó Michoacán para migrar a Estados Unidos y, desde entonces, trabaja en la limpieza de casas y departamentos en Nueva York. Como miles de mujeres migrantes, sostiene hogares ajenos e intentan mantener a flote el suyo.
“El Gobierno de México siempre va a decirte cosas bonitas para que uno no emigre. Te dicen que todo está de maravilla, pero las cosas no suceden como ellos dicen. Tal vez sí pasa, pero para pocas personas”, relata en entrevista con La Razón.

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Teresa habla con cansancio, pero también con resignación. Explica que muchas mujeres llegan desde comunidades pequeñas a ciudades enormes donde deben sobrevivir entre rentas elevadas, jornadas laborales interminables y el temor constante a las redadas migratorias.
- El Dato: Latino Donor Collaborative Think Thank, informó que las mexicanas que trabajan en EU aportan 1.1 billones de dólares al año, la mayor de las aportaciones las latinas.
“Hablan de que las mujeres aportamos a la economía mexicana, pero ¿cómo nos ayudan a nosotras? ¿Quién nos ayuda acá a cuidar a nuestros hijos? Y ahora con estos temas del ICE…”, reflexiona.
Su historia no es aislada. Detrás de las cifras sobre remesas y migración existe un universo de mujeres invisibles que sostienen empleos precarios en sectores como el trabajo doméstico, el cuidado de personas mayores, la limpieza o los servicios.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advirtió en su informe Tendencias Sociales y del Empleo 2026 que las mujeres migrantes en EU enfrentan mayores riesgos de explotación laboral, trabajos forzosos y contratación abusiva y señalan que, del universo de mujeres trabajadoras en aquel país, al menos 60 por ciento sería de origen mexicano.
La OIT señala que muchas son víctimas de retención salarial, amenazas o jornadas excesivas, especialmente en el trabajo doméstico, uno de los sectores con menos protección laboral y mayor informalidad.
Edith Castillo, originaria de Puebla, es otra trabajadora migrante mexicana, recuerda que comenzó con apenas cinco dólares por hora de salario. Su jornada iniciaba a las ocho de la mañana y concluía hasta las nueve de la noche.
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“Limpiamos, acomodamos camas, trapeamos, aspiramos, lavamos baños, la cocina, planchamos. Hacemos de todo. A veces una se aguanta, son muchas horas, cuidamos a los niños, a los güeritos, y dejamos a los nuestros a la deriva”.
Por semanas recibía 540 dólares por jornadas de más de 13 horas diarias. Tiempo después logró negociar un aumento hasta 650 dólares semanales, aunque las condiciones laborales continuaron siendo extenuantes y “el dinero debía repartirse, mandar a México, para ayudar a los padres, mantener a los hijos y soportar el acoso del ICE”.
Las dificultades económicas se han agravado por el incremento en el costo de vida en EU. El aumento en los precios de la gasolina y la inflación han golpeado directamente a las familias migrantes que destinan gran parte de sus ingresos a vivienda, alimentación y envío de remesas.
Actualmente, el precio del galón de gasolina alcanzó los 4.35 dólares, frente a los 2.98 dólares previos al inicio de las recientes intervenciones militares estadounidenses en otros territorios. Paralelamente, el Departamento del Trabajo de ese país, reportó un incremento de 33 por ciento en los precios al consumidor respecto al año anterior, uno de los aumentos más altos desde 2004.
Para muchas mujeres migrantes el trabajo no sólo implica desgaste físico, sino también miedo constante. El endurecimiento de políticas migratorias y los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) han profundizado la incertidumbre de quienes viven sin documentos o con estatus migratorios vulnerables.
La especialista y socióloga, Silvia Giorguli advierte que las mujeres migrantes enfrentan múltiples capas de desigualdad: “Muchas han sobrevivido a violencia de género en sus países de origen. Otras la enfrentaron durante el trayecto. Algunas llegan con hijas e hijos a su cargo, asumiendo solas la jefatura del hogar en un entorno desconocido. Si además pertenecen a la comunidad LGBTIQ+, el riesgo y la exclusión se multiplican”.
La socióloga señala que uno de los mayores desafíos es dejar de ver a las personas migrantes únicamente como cifras o “flujos migratorios”.
“Pocas veces se les reconoce como lo que realmente son: trabajadoras, emprendedoras, profesionales, cuidadoras y líderes comunitarias”, sostiene.
La investigadora destaca que para miles de mujeres, la posibilidad de construir un proyecto de vida depende de trabajos precarios, sistemas migratorios restrictivos y redes de apoyo insuficientes. Mientras tanto, ellas limpian habitaciones, cuidan ancianos, cocinan y sostienen economías enteras desde la invisibilidad.
“Si exigimos erradicar la violencia, debemos mirar también las rutas migratorias donde el cuerpo de las mujeres sigue siendo territorio de riesgo”, concluye.


