Gana su segundo Mundial

Gaitas y olés acompañan el festejo español desde México

La Fuente de la Cibeles recibe a los aficionados ibéricos para conmemorar su primer lugar en la Copa FIFA 2026; mexicanos se les unen; el clamor también se vuelve político

Españoles se reúnen en la colonia Roma para celebrar su  triunfo, ayer.
Españoles se reúnen en la colonia Roma para celebrar su triunfo, ayer. Foto: Cuartoscuro

España conquistó su segunda estrella mundialista después de una final que prolongó la tensión hasta el tiempo extra para estallar en una celebración que comenzó entre manteles gallegos y terminó al pie de la fuente de la Cibeles, en la colonia Roma. Cientos de aficionados convirtieron ese rincón de la Ciudad de México en punto de encuentro para festejar un triunfo que borró, por unas horas, distancias, acentos y diferencias políticas.

Pan recién horneado, mariscos y mantequilla marcaron el ambiente en la Casa Gallega, donde las mesas se ocuparon al filo de la una de la tarde. Familias enteras, jóvenes y adultos mayores portaban la camiseta de la Furia Roja mientras buscaban un lugar frente a las pantallas.

  • El Dato: Los ecos de la victoria de la selección española también alcanzaron pantallas gigantes en el Zócalo capitalino y congregaciones en el Ángel de la Independencia.

La puntualidad del partido impuso el ritmo en el ambiente del restaurante. Entre porciones de tortilla española y empanadas, la pelota comenzó a circular. Cada avance levantaba murmullos, los intentos frente al arco provocaban gritos y las intervenciones de Emiliano Dibu Martínez arrancaban golpes sobre las mesas. El portero cerró una y otra vez el camino hacia el título, mientras los seguidores alternaban aplausos con gestos de frustración.

Las faltas elevaron el tono. Hombres y mujeres se incorporaban de sus sillas para reclamar tarjetas que el árbitro tardó en mostrar. Algunos extendían los brazos hacia las pantallas, otros discutían las decisiones con los de sus compañeros de equipo. Meseros con platos en las manos sorteaban aquel movimiento como si atravesaran un medio campo congestionado.

Nada permitía distinguir la procedencia de los asistentes en el salón. El acento afrancesado de un catalán de edad avanzada convivía con la voz brusca y breve de una adolescente que gritaba el nombre del país Vasco, tierra de sus padres. En torno a ambos, resonaban expresiones de distintas regiones, mezcladas a los colores rojo y amarillo en los minutos más decisivos.

La paella acompañó el cierre de la primera mitad y los callos al estilo madrileño llegaron durante el complemento. Sobre la cancha, el marcador mantuvo la incertidumbre. En el comedor, las conversaciones se concentraron en los cambios, la resistencia argentina y las oportunidades que España no conseguía consolidar.

Cuando concluyó el periodo regular, el festejo quedó aplazado y la agonía recibió media hora adicional. Las copas de vino reemplazaron algunos platos, la crema catalana apareció como último respiro y los cánticos comenzaron a imponerse sobre cualquier charla. “Olé, olé, olé” y “a por ellos” acompañaron cada recuperación, desborde o aproximación al área.

El alivio llegó desde los pies de Ferran Torres. Su anotación rompió la tensión acumulada frente a las pantallas y desató abrazos entre personas que, apenas unas horas antes, no se conocían. Hubo puños en alto, lágrimas y llamadas apresuradas a familiares del otro lado del Atlántico.

Tras el pitido final, las servilletas volaron por encima de las mesas y la segunda Copa del Mundo dejó de ser una posibilidad. España volvía a proclamarse campeona, mientras sus seguidores en México respondían con saltos, porras y banderas desplegadas entre las sillas. Los últimos minutos de angustia cedieron ante un ruido continuo que rebasó los muros del establecimiento.

Una estudiantina con traje de callejoneada irrumpió entonces en el salón. Mandolina, guitarra y pandereta sustituyeron las discusiones tácticas. A cada “¡Que viva España!”, la multitud respondía “¡Que viva!”, mientras una bota de vino circulaba entre aficionados que aún conservaban la mirada fija en las repeticiones del gol.

Pero la fiesta no cabía ya en aquel comedor. Familias y grupos de jóvenes salieron hacia el corazón madrileño de la capital mexicana. Desde distintos puntos de la colonia Roma, camisetas de varias épocas avanzaron con un mismo destino. Algunas llevaban nombres de figuras actuales; otras recordaban a las generaciones anteriores de la selección nacional española.

En pocos minutos, la réplica de la fuente de la Cibeles quedó rodeada por insignias nacionales, espuma, bombos y porras. El monumento trasladó a México una tradición asociada con los grandes festejos futbolísticos de Madrid. Las banquetas se llenaron y el tránsito perdió espacio.

La victoria permitió que esos símbolos compartieran el mismo perímetro, aunque las consignas revelaron desacuerdos sobre la monarquía o el gobierno del presidente Pedro Sánchez.

Ser español, con sus identidades regionales y posiciones contrapuestas, formó parte de una celebración que, por momentos, unificaba y después devolvía las diferencias. Unos gritaban vivas al rey, otros respondían con mensajes políticos, y muchos más preferían concentrarse en el resultado deportivo. La segunda estrella permanecía como punto común.

La noche cayó sobre la Cibeles, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. A miles de kilómetros de España, familias enteras abrazaron una victoria que también les devolvió, por unas horas, los sonidos y afectos de la tierra que dejaron atrás pero que los unió en esperanza.

Bajo las banderas ondeó algo más que un campeonato. Estaban Cádiz, Galicia, Asturias, Cataluña y el país Vasco, reunidos en una glorieta mexicana. Cuando el mariachi tocó El Rey, algunos cantaron con la voz quebrada. La segunda estrella brillaba lejos de casa, aunque esta tarde la distancia pareció desaparecer.


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