En una semana, fuerzas federales capturaron a cuatro hombres identificados por las autoridades como líderes, jefes regionales u operadores relevantes de células vinculadas con Los Chapitos, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y Cárteles Unidos. La secuencia comenzó en Sinaloa, continuó en Jalisco y cerró en Michoacán, con despliegues separados contra objetivos que ocupaban distintos niveles dentro de esas organizaciones.
Más que una lista de nombres, los casos permiten observar qué piezas buscan retirar las autoridades. Ricardo “N”, alias El Tío, ocupaba una posición financiera dentro de una célula ligada con Los Chapitos. Adrián “N”, El 20, tenía responsabilidades regionales y vínculos con la compra de armamento. Ramón Ángel “N”, R1, encabezaba una estructura relacionada con extorsiones, homicidios y narcotráfico. Alfonso “N”, Poncho o La Quiringua, ejercía el liderazgo del Cártel de Los Reyes.
- El Dato: Los Deltas controlan el trasiego de droga y el reclutamiento forzado, así como el adiestramiento de sicarios para el CJNG en la región de la costa de Jalisco y Nayarit, desde 2017.
Miriam Campos Blanchet, experta en seguridad, consideró que la relevancia radica en la jerarquía de los objetivos. La captura casi simultánea de dirigentes de organizaciones distintas apunta hacia una selección más precisa de jefes regionales. “No son enlaces secundarios. Concentran relaciones, información y capacidad de decisión donde la violencia depende de acuerdos locales”, señaló.

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El Tío ocupaba una posición financiera y de mando. Durante el operativo en Mazatlán, las autoridades aseguraron unos 100 mil dólares, computadoras, vehículos, inmuebles y armas. Campos Blanchet advirtió que esos indicios pueden revelar pagos, contactos y movimientos internos de la célula.
- El Tip: El embajador de EU destacó que la detención del líder del Cártel de Los Reyes envía un mensaje más: los delincuentes no tienen dónde esconderse.
Para la especialista, ese perfil muestra que una jefatura regional no se limita a cumplir instrucciones. “Estos mandos resuelven disputas, administran alianzas y determinan cuándo una célula recurre a la violencia. Su ausencia puede romper acuerdos con proveedores, subordinados y autoridades”, explicó.
La captura de R1 llevó la secuencia de operativos al terreno político y municipal. El Gobierno federal lo ubica al frente de Los Rs, grupo ligado al CJNG y relacionado con narcotráfico, extorsiones, homicidios y suministro de armas. Campos Blanchet señaló que la acusación que lo identifica como autor intelectual del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, revela una estructura capaz de confrontar directamente a las autoridades locales, imponer cobros y disputar el control de actividades económicas.
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Ricardo Salazar Ortega, especialista en seguridad, advirtió que la relevancia de estos dirigentes no puede medirse sólo por su cercanía con los líderes nacionales. En organizaciones fragmentadas, un jefe regional puede influir más sobre la violencia municipal que un mando superior. “Controla hombres, conoce autoridades locales y decide sobre recursos cuya pérdida puede modificar el equilibrio entre células rivales”, expuso.
Desde esa perspectiva, Salazar Ortega consideró que los cuatro arrestos alcanzaron liderazgos con capacidad operativa propia. Señaló que la concentración temporal puede obligar a los grupos afectados a revisar comunicaciones, refugios y movimientos financieros.
El resultado dependerá de que teléfonos, cuentas y testimonios permitan sostener nuevas investigaciones.
Para ambos especialistas, la presión desde Estados Unidos amplía el contexto, aunque no existen pruebas públicas de una operación binacional. Washington ya no concentra su persecución en los capos más conocidos. Ahora ese gobierno combina acusaciones por narcoterrorismo, recompensas, sanciones financieras y procesos contra familiares, operadores armados, empresas y prestanombres.
El cerco coloca a Los Chapitos en el centro de esa política. En mayo, el Departamento del Tesoro sancionó a más de una docena de personas y entidades vinculadas con dos redes del Cártel de Sinaloa. Una de ellas recolectaba efectivo procedente de la venta de drogas, lo convertía en criptomonedas y transfería los recursos hacia la facción de los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán.
Alfonso “N” representa la conexión más directa con esa ofensiva. El Departamento de Justicia estadounidense lo incluyó entre cinco líderes de Cárteles Unidos acusados por delitos vinculados con narcóticos y armas. El Departamento de Estado ofrecía hasta cinco millones de dólares por información que condujera a su captura o condena.
Campos Blanchet estimó que esa presión externa puede influir en la selección de objetivos mexicanos sin que Washington dirija cada operativo.
Las acusaciones estadounidenses identifican liderazgos, describen estructuras y elevan el costo de mantener prófugos a ciertos dirigentes. México conserva la conducción de las capturas, pero actúa dentro de un escenario con efectos judiciales y financieros en ambos países.
Para los especialistas, el alcance dependerá de lo que ocurra después de los anuncios. Las investigaciones deberán establecer qué redes respondían a los cuatro mandos, quiénes administraban sus recursos, qué autoridades les ofrecían protección y cuáles grupos intentarán ocupar los espacios abiertos.
En siete días, tres organizaciones perdieron a cuatro hombres a quienes las propias autoridades atribuían liderazgo y capacidad para ordenar violencia en el país.

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