Soy la calma. Soy el orden. Soy el único que ha podido
entretener a la bestia ciega y feroz que se llama México.
Porfirio Díaz
Los que saben, dicen que es la literatura, no la historia, la que mejor revela las complicadas entrañas de un pueblo. De ser cierto, Pobre patria mía. La novela de Porfirio Díaz (Planeta, 2010) de Pedro Ángel Palou, puede leerse como las memorias (casi) de ultratumba de un “desterrado hecho de tierra” que se enfrenta a la amargura del exilio, la traición y la soledad. Pero es también, en algún modo, asomarse a la experiencia terapéutica de una nación que, a través de su legendario dictador, se mira a sí misma, con todos sus traumas, miserias y mezquindades. Me explico.
Por décadas, México ha eludido hacerle frente a no pocas asignaturas pendientes; entre ellas, resolver los dilemas y contradicciones de su historia, su cultivada inclinación a idealizar derrotas o episodios trágicos, a poner en cajones antagónicos a los buenos frente a los malos y a creerse que todo tiempo pasado (lo mismo la era liberal del siglo XIX o el milagro mexicano de los años sesenta del XX) fue mejor y que, alguna vez, fuimos casi el paraíso. No es así.
Escondido bajo un velo de victimismo y de incomprensión, de patriotismo escolar y de nacionalismo chabacano, México sigue sin decidirse a verse tal como es. Un país bronco con una sociedad temerosa y frágil. Un país con taras ancestrales y rencores bicentenarios. Un país cuyas dolencias son más que nada un argumento para no aceptar que su ingreso a eso que se llama modernidad pasa inevitablemente por romper con el pasado, o, al menos, con el prisma convencional con que se entiende y lee ese pasado, porque es mucho más cómodo adular la visión de los vencidos que asumir los desafíos de los triunfadores.
Palou pertenece a esa generación de escritores que, por fortuna, no le teme en este libro a novelar una parte de esa historia con distancia y sin los complejos de buena parte de los íconos literarios del siglo pasado. Como en El exilio. Un relato de familia (1993), la estupenda historia de Carlos Tello Díaz, en Pobre patria mía, un diálogo a una voz desde 1911 en que Díaz huye de México hasta 1915 en que muere en París, Palou ha organizado varias narrativas en las que, hablando para sí, el viejo dictador entremezcla las aristas psicológicas no resueltas de su infancia, la justificación de su largo régimen tras la caída y la masacre de la vejez.
No hay, por supuesto, atisbo alguno de sentimentalismo ni reivindicación de Díaz. Lo que hay es, por un lado, la tragedia de abandonar el poder, en condiciones menos deplorables que otros dictadores, y, por otro, el retrato de ese México violento e ingobernable, tan actual y vigente entonces como ahora.
Palou hace hablar a Díaz:
Cuando estás en el poder te sobran amigos, abrazos, regalos, adulaciones. Cuando lo dejas, así sea como yo, apenas, te das cuenta de todos los enemigos que has hecho. En casi cuatro décadas he sido intocable, omnipresente. Hoy tengo que salir en un barco alemán por miedo a que uno de mis compatriotas me acuchille por la espalda como a un emperador romano. Hoy no sólo intuyo, huelo a mis enemigos.
En este sentido, la política mexicana ha ejercido, de sobra y con refinamiento, la práctica sacrificial de triturar a aquellos de sus gobernantes que pretendían atreverse a conducir al país por otros senderos, más arduos ciertamente, y a colocar, en cambio, en el altar de la patria, a aquellos otros que mejor simbolizan, que mejor encajan con los hábitos y complejos que justo los primeros tal vez querían sepultar.
Se adora a los héroes de la Independencia que acabaron con lo bueno que del antiguo régimen se heredaba pero se niega a los que crearon instituciones. Se encomia a unos de los héroes de la revolución pero se olvida a los otros que estabilizaron, unificaron y construyeron el andamiaje político de un país fracturado. Se sublima y poetiza a los héroes del nacionalismo (excluyente y corporativo, por cierto) pero se enjuicia y desprecia a los que quisieron llevarlo hacia la modernidad.
He allí parte del drama. El Díaz construido por Palou, que no ha “dejado de ser el patriarca de esa sarta de desamparados que llamamos México”, ve cómo todo se derrumba a su alrededor porque, con Justo Sierra, en “la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre”, y sin éste, piensa Díaz, el diluvio. Esta es la interrogante central a lo largo del libro: ¿puede México ser de otra forma?
Si según este Díaz moldeado por Palou nunca hemos sabido vivir en paz, atenazados entre bandos y facciones donde “todos lo querían todo (y) no estaban dispuestos a compartir nada”, contrastarlo con lo cotidiano confunde: ¿esto fue hace cien años o la semana pasada?:
Sangre, miseria, corrupción. ¿En qué orden lo pongo? —se pregunta el anciano. Cualquiera vale… esas tres palabras definen el país que abandoné el 31 de mayo de 1911, hace ya tanto tiempo, y que nadie ha podido domeñar. Lo dije al salir: los tristes acontecimientos les dirán que a México sólo puede gobernárselo como yo lo hice, a golpes. Es una bestia indómita que no resiste la caricia, ni el amor. No es un político sino un domador el que puede vencer.
Son muchas, todavía, las asignaturas pendientes que este México a la vez inacabado e irremediable debe resolver ahora o en sus próximos centenarios. Una de ellas es releer su historia así sea a través de los ojos de la literatura. Por lo pronto, en Pobre patria mía. La novela de Porfirio Díaz, el viejo ha hablado.
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• Acamoto: así, sí
