Al principio de la segunda estrofa de su célebre poema “The Wasteland”, T. S. Eliot escribe: “¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen / en estos pétreos desperdicios?”. Dicen los críticos que el texto es una compleja alegoría de la incomunicación y el vacío en las sociedades modernas. Se equivocan: Eliot estaba hablando del Relleno Sanitario Bordo Poniente.
Me queda claro que el poeta alcanzó a ver que aquí, en este país y en esta ciudad, iba a existir un lugar que daría noticia del fin del mundo. De nombre oficial “Relleno Sanitario Bordo Poniente IV Etapa”, esa wasteland o “tierra baldía” no es otra cosa que el único, apocalíptico, descomunal, pestilente basurero de la ciudad de México, el más grande de América Latina. Cuesta trabajo imaginar en qué condiciones se encuentra el terreno en el que van a dar las más de 12 mil toneladas de basura que veinte millones de personas producen diariamente. ¡Sodoma y Gomorra en el lago de Texcoco! Mientras más leo sobre este lugar más me asombra que siga existiendo.
En funciones desde 1982, el “Bordo Poniente”, ubicado cerca del aeropuerto, tiene acumuladas 60 millones de toneladas de basura (y diario recibe las mencionadas 13 mil, con las cuales se llenaría el Estadio Azteca en tres meses). Originalmente con un área de mil hectáreas, ha ido llenando su cupo y cerrando etapas hasta sólo utilizar 420 ha., en lo que es conocido como la “Etapa IV”. La basura acumulada en ese espacio alcanza los 12 metros de altura: junto a los infames muros del apartheid que se levantan en todo el globo, éste es un muro de verdad terrible. Y la noticia es, para sorpresa de nadie, que la vida útil del Bordo, en esta su última etapa, se terminó: está lleno, ahíto, harto, indigesto: se nos desborda el basurero y no tenemos aún claridad sobre dónde poner ahora nuestra basura.
Los peligros del Bordo son muchos, pero reduzcámoslos a uno solo: un desastre ambiental sin precedentes. Le pido a usted que imagine el líquido que producen esas montañas de desperdicios al mezclarse con agua de lluvia y al derretirse y descomponerse. Esos fluidos cataclísmicos, esos humores emponzoñados tienen un nombre: “lixiviados”, y para evitar que se filtren y contaminen los mantos freáticos y acuíferos, se colocó en el Bordo, previo a la llegada original de la basura, una “geomembrana de polietileno de alta densidad”, es decir un impermeabilizante o, si usted me permite, un plasticote que evita el roce de los lixiviados con el suelo. Pues bien: la geomembrana corre el riesgo de romperse, ya no soporta tantos residuos. De ser así, la contaminación de nuestras aguas sería… fea, y toda la infraestructura hidráulica de la zona se vería seriamente amenazada.
Por supuesto, el sentido común, pero sobre todo la ciencia, han recomendado cerrar el Bordo desde hace años. Pero no es tan fácil: la administración de Marcelo Ebrard ha conseguido tres prórrogas para ampliar la vida útil del basural, y en la última negociación consiguió que su fecha de cierre se recorra hasta el 31 de diciembre de 2011. Para ello, ha presentado pruebas y avales de instituciones que declaran que la amenaza no es tal… Y no es que nuestro jefe de Gobierno sea Mefistófeles: es que no ha sido capaz de diseñar el cierre gradual del lugar, por un lado, y de conseguir una nueva sede para poner el nuevo relleno sanitario. ¿Quién va a querer vivir al lado del nuevo gran basurero de la ciudad?
Pero la basura no es toda ella mala: los desperdicios liberan un gas metano tras descomponerse, llamado biogás, que se extrae y aprovecha como fuente de energía renovable (además de que, al captarlo, se evita su emisión a la atmósfera y su contribución al efecto invernadero). La paradoja es que el biogás es una fuente de energía limpia y renovable: sorpresas y monerías de los deshechos.
¿Qué hacer, pues, con nuestros desperdicios? Cerrar el Bordo, poner la basura en otro lado y aprovecharla, es la respuesta que dicta la lógica. Pero no todos opinan igual, comenzando con los pepenadores o selectores que ahí pululan: son trabajadores inmunes al olor y a las enfermedades que no están de acuerdo con que les cierren la oficina: todo en ese lugar es comerciable, todo tiene un valor y ya están organizados sindicalmente para defender su derecho a mercar con la basura en su propio territorio.
Por inverosímil que parezca, la defensa de su trabajo es también la defensa de su hábitat.
Muchas películas futuristas vienen a la mente, de Blade Runner a Mad Max, pero el presente y la realidad rebasaron velozmente a la imaginación cinematográfica: el problema de la basura de los capitalinos es urgente y real –y ya no tengo ganas de comer.
