Susana López Aranda
Encontrar un buen tema o dar con un personaje realmente interesante, nunca es tarea fácil. A veces ocurre por un golpe de suerte, otras es el producto de una ardua búsqueda. Sea como sea el proceso y sea cual sea el propósito final, el hallazgo casi siempre es el punto de partida para empezar a construir una obra que llame la atención y valga la pena.
En el caso del documental lo antes dicho es quizás más determinante todavía y Buscando a Sugar Man constituye el ejemplo perfecto: ganadora de muchos premios importantes, entre ellos el BAFTA y el Oscar en su categoría, la cinta ha sido elogiada por la crítica, le gusta mucho a la porción de público que suele ver este tipo de cine y ha conseguido gracias a eso una nada despreciable distribución internacional. El mayor mérito de Buscando a Sugar Man, sin embargo, no es su audacia formal, ni un estilo depurado y elegante o un uso sobresaliente de los recursos narrativos del género; de hecho, en ese sentido la película resulta bastante convencional e incluso poco atractiva. Lo que hace de ella una obra singular es justamente el fascinante personaje alrededor del cual gira todo el asunto. Sixto Rodríguez, cantante y autor de ascendencia mexicana-indígena americana, graba a principio de los años 70 un par de discos que a pesar de sus cualidades fracasa absolutamente en el mercado estadounidense. El tipo desaparece del panorama, pero en el otro lado del planeta, en Sudáfrica, su música llega de contrabando y se convierte en emblema de lucha e himno antistablishment para toda una generación de jóvenes blancos que rechazan el infamante apartheid.
Armada con entrevistas, unas cuantas imágenes de archivo y pocas secuencias animadas que surgen de dibujos elaborados por el propio director, la película se centra en la personalidad de Rodríguez, hasta antes de la película un completo desconocido en el resto del mundo, y desarrolla la búsqueda emprendida por un par de sudafricanos, Craig Bartholomew, periodista y crítico musical, y Stephen Segerman, gerente de una popular tienda de discos en Ciudad del Cabo, que intentan develar el misterioso destino de su ídolo.
Mientras realizaba una serie de documentales sobre músicos para la TV de su país, el debutante sueco Malik Bendjelloul conoció al citado par, que para entonces había ya descubierto parte del enigma (mismo que para evitar represalias no revelaré aquí) y quedó totalmente prendado del caso.
No es para menos, además de lo curioso de los hechos narrados Rodríguez, como personaje, es extraordinario: ajeno a cualquier afectación, su sencillez, modestia y genuina sensibilidad le hacen merecer un lugar entre las leyendas.
Por él la película vale también, como reflexión sobre lo efímero de la fama y la fortuna. Vaya, en plan denso, sic transit gloria mundi.
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