Karla
Aquí ando agripada con los ojos llorosos y una carraspera de medio tono en los bordes de un estribillo de balada romántica. No he podido ir a trabajar: extraño a las muchachas del cuartel general allá en Nativitas.
Me dio fiebre de cuarenta y la Tumi, Valentina, Agripina y la Numancia vinieron a verme con jugos, aspirinas, jarabe de maracuyá con jengibre (Niña no dejes de tomarlo, es lo mejor que hay para esa tos que tú tienes, lo prepara mi abuela de una receta familiar de allá en Huichapan, me dijo Agripina), caldo de pollo, mentol, alcanfor y eucalipto. Me arroparon, me untaron Vick Vapo Rub: la payasa de Numancia imitando el anuncio, repetía la frase: La caricia de mamá, el apapacho que alivia, y me embadurnaba todo el pecho y la espalda con la pasta mentolada. Reíamos. Me gusta estar con ellas: sus resguardos me hicieron llorar. Nos abrazamos. “¡Ya..., las voy a contagiar!”, grité. “Estoy vacunada contra todas las secreciones”, comentó Valentina y besó mi mejilla húmeda por las lágrimas del resfrío y los sentimientos. No se fueron hasta bien entrada la nochecita: hasta que no me dejaron en la cama entre las colchas calientes y de fondo la TV con la telenovela lacrimosa.
Sonó el celular. Mi tío Macedonio: “¿Qué se te ofrece, sobrina?” “Nada tío, ya estoy acostada, vinieron las muchachas, me siento mejor”. “Cualquier pedo me llamas. ¿Cedió la fiebre?” “Sí, tío, todo bien”. “Besitos pa mi sobrinita. Cuídate”. Mi tío. Es tierno cuando quiere. Es violento en su chamba de judicial. Lo he visto agarrar a un tipo por el cogote y meterlo de empellón en su coche. Lo he visto reír como un adolescente. Las muchachas les tienen miedo, cuando pasa por el cuartel se ponen nerviosas. Mi tío Macedonio y mi infancia. Me llevaba de excursión en su vochito allá en el puerto y mi madre le decía: “Sí, Mace llévatelo pa que se haga hombrecito contigo”. Si ella supiera. ¡Ay!, mi tío Macedonio.
Amanecí sin calentura y una tos más atenuada. Olía a menta y eucalipto. Me di un baño con agua fría, consejo de la vecina poblana enfermera del Seguro Social. Me cayó bien el chorro helado sobre la sien y el espinazo. El celular. Que viene para acá La Supina con su novio. Desde la fiestecita no la veo. Estoy enojado con ella y La Bayonesa por lo que me hicieron en medio de todos aquellos cardenales y ganaderos foxistas del Penthouse de Polanco con terraza de buganvilias artificiales. Pero, viene, la tengo que recibir. Me visto de minifalda y blusa escotada imitación Miss Lulu, sobresalen los pechitos que me han crecido, gracias a los chupones de los clientes y las hormonas —progesteronas y prolactina—, que estoy tomando. Me encaramo sobre las zapatillas rojas que compré en una barata en Zara. Ya no tengo ni rastro de pelos en las piernas: la depilación me costó carita, pero dio resultados. Me acerco al espejo: parezco una adolescente en celo. El otro día me puse esta misma combinación y un sesentón me persiguió por toda la Calle Orizaba de la Roma durante casi una hora. Los señores mayores son morbosos, van por ahí muy serios con sus trajes oscuros de jubilados insatisfechos y cuando ven a una babean. El mes pasado en el Metrobús de Tacubaya se me pegó uno atrás con su cosa macilenta y el pobre, creo que hasta eyaculó con la fricción de mis costeras. Lo hice a propósito, a ver si le daba un infarto: pero, no, el viejito libidinoso aguantó.
Y llegó La Supina con su noviecito hijo de político foxista. Me abrazó. El novio enclava su mirada en mis pechos salientes. Sentí rico que me mirara así. El muchachito es amanerado, debe ser bisexual. La Supi me trajo un disco de Joaquin Sabina. “Sé que te gusta, es lo esencial de su repertorio; lo compramos en Barcelona ahora que fuimos a ver lo de mi operación”, me dijo La Supina.
“¿Operación?”. “Sí, me hago en diciembre el cambio de sexo, la vaginoplastia. El papá de Vitico nos apoya, quiere que nos casemos de manera normal”. Sentí cierto desdén por La Supi. Ellos lo notaron. Tirantez en la sala de mi depa de la Portales. Vitico inventó un cuento y justificaron su retirada. Qué alivio. El papá de Vitico nos apoya, quiere que nos casemos de manera normal: retumbaba la voz de La Supina. La perdí. Se aburguesó. Pongo a Sabina a todo volumen. “Por el bulevar de los sueños rotos” desemboca en “Una canción para la Magdalena”: “Sólo te pido que me escribas, / Contándome si sigue viva / La virgen del pecado / La novia de la flor de la saliva...”. Estoy segura que La Supina no escuchó en Barcelona esta canción que brota entristecida y voraz entre la dentadura manchada de nicotina del procaz cantante madrileño.
La FGR por fin se asoma a Sinaloa
