¿Qué es una transformación?

Foto: larazondemexico

El nuevo gobierno ha prometido una transformación equivalente a la Independencia, la Reforma liberal y la Revolución mexicana. Sin embargo, a esas tres se les clasifica como revoluciones, ya que se hicieron por medio de las armas. La Independencia, la Reforma liberal y la Revolución mexicana, no olvidemos, fueron guerras largas, costosas y sangrientas.

Los mexicanos no queremos otra revolución, pero tampoco queremos que las cosas sigan como están. Por eso la palabra “transformación” ha sido tan bien recibida en el espacio público. No obstante, todavía falta por hacer un análisis del concepto desde nuestra filosofía social.

Comencemos por afinar la distinción entre una transformación y una revolución. Luis Cabrera sostuvo que toda revolución tiene dos momentos: uno destructivo y otro constructivo. En su primera etapa, la revolución hace polvo el edificio del viejo régimen y, en la segunda, levanta el edificio del siguiente régimen sobre los cimientos de una nueva Constitución.

Ensayemos ahora una definición tentativa. Digamos, de manera general, que una transformación es cualquier cambio de orden político, social y económico. De esta definición se desprendería que toda revolución es una transformación, pero que no toda transformación es una revolución. O dicho de otro modo: una transformación puede ser pacífica o violenta, en cuyo caso es una revolución.

“Una transformación genuina tiene que ser tan profunda como una revolución. Se trata —guiémonos por la morfología de la palabra— de un cambio de forma. Pero no de la forma más superficial, sino de la más honda. Ninguna parte de la sociedad debe quedar fuera del cambio”

Tal parece que una característica de una transformación pacífica es que no tiene una etapa destructiva y luego una constructiva. Lo que hay es un proceso gradual en el que se suplanta lo viejo por lo nuevo. Prestemos atención al verbo “suplantar”. Se puede suplantar algo sin destruirlo: simplemente se lo hace un lado, se lo quita de la estructura, se lo desbanca.

Sin embargo, una transformación genuina tiene que ser tan profunda como una revolución. Se trata —guiémonos por la morfología de la palabra— de un cambio de forma. Pero no de la forma más superficial, sino de la más honda. Ninguna parte de la sociedad debe quedar fuera del cambio. De otra manera, en vez de hablar de una transformación habría que hablar de otra cosa, por ejemplo, de una alternancia, en la que cambia el contenido mas no la forma.

[caption id="attachment_834382" align="aligncenter" width="696"] Andrés Manuel López Obrador, festejando su triunfo en el Zócalo, el pasado 1 de julio. Foto: Cuartoscuro[/caption]

¿Cuál será el nuevo molde de la sociedad mexicana?

No se trata de corregir la que ya tenemos. Eso no sería, insisto, una verdadera transformación. Se trata de construir algo totalmente nuevo. O, acaso, algo totalmente viejo; esta posibilidad, aunque remota, no puede descartarse.

El problema más agudo de nuestro presente es que los mexicanos queremos una transformación; pero no sabemos cómo realizar los cambios requeridos de manera precisa.

“En la jornada electoral pasada se le confió a un hombre y a su partido político la dirección y la operación de la transformación que queremos. Son ellos quienes ahora tienen la responsabilidad de que los cambios se hagan realidad. Nada nos asegura, sin embargo, que sean capaces de llevar a cabo la transformación anhelada”

Imagino un buque perdido en alta mar. Los marineros votan por una transformación del navío. Habrá que reconstruirlo en su totalidad. ¿Pero cómo hacerlo sobre la marcha? Lo ideal sería llegar a un puerto para abandonar el viejo navío y abordar uno nuevo. Pero como no hay tierra a la vista, no hay otra opción que transformar la nave sobre las aguas del océano.

Las revoluciones tienen una ventaja sobre las transformaciones: dejan el campo libre para la construcción del nuevo edificio. Las transformaciones son más difíciles, requieren de un mejor juicio, de un criterio más afilado, de una inteligencia más sutil.

Me preocupa que la transformación de México esté empezando a las carreras, distraída en nimiedades y sin medir las consecuencias. Debemos tener cuidado: la nave se puede hundir. Las transformaciones requieren más tiempo que las revoluciones. Se cocinan lentamente, con la flama baja. Una transformación acelerada no sólo corre el riesgo de fracasar, sino de desembocar en un fratricidio.

En la jornada electoral pasada se le confió a un hombre y a su partido político la dirección y la operación de la transformación que queremos. Son ellos quienes ahora tienen la responsabilidad de que los cambios se hagan realidad. Nada nos asegura, sin embargo, que ese hombre —por excepcional que sea— y ese partido —por poderoso que ahora resulte— sean capaces de llevar a cabo la transformación anhelada. Es por ello que los mexicanos tenemos que estar muy atentos del rumbo que toman los acontecimientos.

Una transformación democrática tiene que estar bajo el control de la ciudadanía, no de un partido y mucho menos de un individuo. Para que el cambio deseado se haga realidad, todos tendremos que participar en la construcción de un mejor país.

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