El lenguaje cardenista

Foto: larazondemexico

La reciente biografía de Lázaro Cárdenas del historiador Ricardo Pérez Montfort es lectura recomendable: se trata de un libro bien investigado y bien escrito, que reconstruye el México de mediados del siglo XX.

Pocas veces los historiadores logran trasmitir con tanta amenidad y transparencia el proceso de edificación del Estado post-revolucionario mexicano, de por sí enrevesado y contradictorio.

Un aspecto de Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX (2019) llama la atención y lo hace definitivamente actual. Pérez Montfort dedica varias páginas a describir la estrategia de medios del general Cárdenas, especialmente a través de la radio. Cuenta el historiador que desde que era gobernador de Michoacán, Cárdenas utilizó la radio para coordinar la política estatal en torno a unas cuantas prioridades básicas: reforma agraria, industrialización, educación.

Desde que se incorporó a los gabinetes de Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, a principios de los años 30, Cárdenas comenzó a acumular experiencia en comunicación social, que puso al servicio del liderazgo del Partido Nacional Revolucionario, primero, y de la Presidencia de la República después. El Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda (DAPP), fundado en 1937 y dirigido por Agustín Arroyo Cházaro, armó una red radiofónica que difundió las ideas centrales del cardenismo y defendió al gobierno de los ataques de la derecha y la prensa conservadora de Estados Unidos, tras las nacionalizaciones de los ferrocarriles y el petróleo.

Cárdenas daba un énfasis modernizador a su estrategia comunicativa. Defendía el fin del latifundio, la distribución equitativa de la tierra, al desarrollo industrial, el fomento de la ganadería, pero también el combate a las plagas y epidemias y los programas higiénicos de vacunación y salubridad. El lema radial “el aire no se lleva las palabras: conduce las ideas”, capta muy bien aquel acomodo de la propaganda a un proyecto de nación.

El cardenismo, recuerda Pérez Montfort, no utilizaba un lenguaje polarizador sino que llamaba constantemente a la unidad nacional e inscribía las tareas del gobierno dentro de una empresa histórica mayor, llamada “Revolución”. Había, por supuesto, una relación mesiánica con Cárdenas en buena parte de la ciudadanía favorecida por los programas sociales, pero el propio presidente se cuidaba de cualquier sobreexposición de su figura pública.

La sobriedad y, según algunos, la adustez de Cárdenas, contrarrestaba su carisma. Su fe en las instituciones y en aquella “marcha de la Revolución” lo hacían recurrir a una terminología genuinamente republicana, en la que eran frecuentes expresiones como “disciplina ciudadana” o “mandato de la justicia nacional”. Ese republicanismo lo resguardaba de la demagogia y las promesas fáciles: “ninguna noble ambición, ni la confianza nacional, pueden sustentarse a base de promesas, si éstas no se convierten en realidades perdurables”.

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