Tres conceptos de pueblo

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Foto: larazondemexico

En el nuevo vocabulario político de México, la palabra “pueblo” se usa en contraposición a la palabra “sociedad”. Para decirlo de manera brutal, se asume que el concepto de sociedad pertenece a la época neoliberal, mientras que el concepto del pueblo es el adecuado para la Cuarta Transformación. Sin embargo, si uno lee la prensa, escucha los comentarios y participa en las discusiones, resulta evidente que hay más de una manera de entender lo que es el pueblo.

Distingo aquí tres conceptos de pueblo que están presentes en el discurso público mexicano.

1. Concepto histórico-teleológico de pueblo.

Este es el concepto del pueblo de México que alcanzó su versión más completa hacia la segunda mitad del siglo XX, con el nacionalismo pos-revolucionario. Desde esta perspectiva, el concepto de sociedad está ligado una concepción demasiado individualista de la política. De acuerdo con aquella perspectiva, la sociedad se reduce al conjunto de los individuos. El pueblo, en cambio, está fundado en una concepción más comunitaria de la política. El pueblo es más que el conjunto de los individuos. El pueblo es, además, todas las relaciones que hacen que esos individuos formen parte de una unidad orgánica que los distingue de otras colectividades y que les otorga una identidad a lo largo del tiempo. El pueblo tiene raíces en la tierra, el pueblo tiene una historia en común, el pueblo posee tradiciones, el pueblo comparte los símbolos que lo convocan, el pueblo tiene un destino que está llamado a cumplir. Todos caben dentro de esta idea del pueblo: pobres y ricos; mestizos e indios; ateos y creyentes, los miembros de todos los partidos políticos y los habitantes de todas las regiones. Se trata del pueblo que se junta en la calle para “echar el grito de la independencia”.

“Hay otro concepto de pueblo que aparece en algunas discusiones y se define por medio de una disyunción inclusiva de coordenadas económicas y raciales. Para ser parte del pueblo hay que cumplir con por lo menos una de dos condiciones: hay que ser proletario o hay que ser de raza indígena o mestiza”

[caption id="attachment_890819" align="aligncenter" width="696"] manifestantes en la Ciudad de México en mayo del 2012. Foto: Cuartoscuro[/caption]

2.- Concepto económico-racial de pueblo.

Hay otro concepto de pueblo que aparece en algunas discusiones recientes y que se define por medio de una disyunción inclusiva de coordenadas económicas y raciales. Para ser parte del pueblo hay que cumplir con por lo menos una de dos condiciones: hay que ser proletario y/o hay que ser de raza indígena o mestiza. Nos encontramos con un nuevo concepto de pueblo, diferente del acuñado por la izquierda mexicana del siglo XX, ya que la introducción explícita del elemento racial le añade una dimensión inédita. Por ejemplo, Hernán Gómez Bruera publicó un artículo llamado “No Denise, no somos pueblo” (El Universal, 12/03/19) en el que sostiene que el pueblo es el conjunto de mexicanos que ha padecido marginación económica o discriminación étnica. Esto implica que por más que Gómez Brurera colabore con la Cuarta Transformación, por más que apoye a López Obrador, jamás será parte del pueblo de México, porque él forma parte de una élite económica y racial. Esa sensación de no pertenencia al pueblo —no importa lo que se piense o lo que se haga— es semejante a la que expresó Blanca Heredia en su artículo “Nos volvimos extranjeros (en la 4T)” (El Financiero, 20/02/19).

“Todos caben en esta idea del pueblo: pobres y ricos; mestizos e indios; ateos y creyentes, miembros de todos los partidos políticos y los habitantes de todas las regiones. El pueblo está fundado en una concepción más comunitaria de la política, la sociedad se reduce al conjunto de individuos”

3.- Concepto político-partidista de pueblo.

Este es el concepto adoptado por el populismo en ciernes. El pueblo se define a partir de una relación emocional con su líder. No se trata únicamente de una relación de adhesión, sino de algo más hondo y complejo. El líder no sólo encabeza al pueblo, sino que los acoge en sus brazos para constituirlo. Una vez que se acepta lo anterior, se desprenden varios corolarios. El primero es que para ser parte del pueblo no basta con tener la ciudadanía, ni siquiera con ser un simpatizante del partido hegemónico. Quien no se entrega al líder no es miembro del pueblo vivo, del que existe en la plaza pública, del que comparte, en la persona del líder, un conjunto de valores, ideales y anhelos. En el populismo sudamericano, se le llama “anti-pueblo” a los ciudadanos, pero no forman parte del pueblo movilizado en torno al líder. Dentro de una lógica binaria, el anti-pueblo es el enemigo del pueblo. La política se resuelve en un plano de antagonismo irreductible. La historia de la nación se convierte, a partir de entonces, en la historia de la lucha entre el pueblo y el anti-pueblo.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón