Durante la presentación de los primeros 70 mil efectivos de la Guardia Nacional que se despliegan ya en 150 zonas del país, incluida la Ciudad de México, pasando revista a bordo de una camioneta descubierta, se observó al Presidente López Obrador al frente y a sus flancos, los secretarios de la Defensa y de la Marina. Poco atrás, otro militar, el general Luis Rodríguez Bucio, comandante de la Guardia Nacional, y más atrás, a Alfonso Durazo, titular de Seguridad y Protección Ciudadana.
Acto previo al festejo-informe del primer año del triunfo de la coalición de partidos políticos triunfadores de la elección presidencial; la Guardia Nacional, con pálida fachada civil y fuerte estructura castrense, fue presentada nuevamente.
Antes la Guardia Nacional se estrenó contra el huachicol. También en Minatitlán, Veracruz, una semana después de una masacre. Y en Chiapas, hace poco, conteniendo migrantes tras un acuerdo con Estados Unidos forzado por su amenaza comercial.
Primero, la Guardia Nacional fue sólo un gafete, después, creció sobre pasarelas y modelos preserie para uniformes y accesorios de colección. Luego, bocetos de balizamiento para vehículos perfilaban más de lo que menos importaba. El domingo nos presentaron la versión final, fachada nueva y civil. La composición interna estuvo clara desde el día en que se legisló en el Congreso, bélica experimentada.
Creación político-militar construida con prisas legislativas y parches jurídicos, la Guardia Nacional presentada una vez más el domingo, representa nuestro último cartucho, última línea de defensa (no civil) en contra del crimen, espontáneo y organizado, local y global, delincuencia que no quiere portarse bien, que no valora el cambio de régimen, al que no inspira la remasterizada historia patria, que no atiende a épicas políticas ni practica las virtudes evangélicas, guías morales del poder en turno.
La Guardia Nacional “no es varita mágica”, advirtió el general Rodríguez Bucio, su comandante. De la Guardia Nacional debemos esperar probidad y mesura en el uso de la fuerza, pero su simple presencia y el incipiente trabajo de coordinación e inteligencia desde su estructura, tardará más tiempo del deseable para ofrecer resultados. Las asignaturas pendientes de gobiernos y policías estatales no las van a resolver 70 o 150 mil guardianes nacionales.
Apurada apuesta de un gobierno que antes de celebrar un año de su victoria electoral, supo que los abrazos no iban a acabar con los balazos, que hoy reconoce que en materia de seguridad no tenemos nada qué celebrar.
Fe política que se refugia en brazos del Ejército y de la Marina para que, con su lealtad y capacidad de siempre, construyan zonas francas de guerras entre criminales, regiones a salvo de la alta incidencia criminal, para que suplan o al menos intenten, las carencias de cuerpos locales, cooptados e incapaces.
Por el bien de todos, éxito a la Guardia Nacional. Sobre la Marcha vacaciona, regresamos el próximo martes 9 de julio.