El año 2019 quedará marcado como el momento de consolidación del discurso populista que, después de un periodo de ascenso, hoy tiene las riendas de una cantidad importante de naciones y comienza a transformar la política local y multilateral.
“No hay mejor política exterior que la política interior” es un mantra nacionalista que no sólo anima al actual gobierno mexicano, sino que parece ser la señal característica de un grupo de gobiernos que han apostado por el localismo como una respuesta a la creciente globalización y una manera de conectar con una base electoral con sentimientos de agravio, contemporáneos o históricos.
Esto no ha implicado el aislacionismo de estos gobiernos. Por el contrario, ha impulsado una serie de políticas y relaciones que, amparadas bajo el manto del interés nacional, han tenido —y tendrán— implicaciones importantes para el resto del mundo y reconfigurará los acuerdos actuales: la deforestación masiva del Amazonas; la salida de una de las uniones políticas más ambiciosas para buscar un camino unilateral; la detención masiva de migrantes y el cierre de una frontera con una región a la que irónicamente se le llama hermana; el retiro de tropas de una región en conflicto para dejar a otros poderes avanzar en su control geopolítico y un largo etcétera.
Las diferentes manifestaciones de las decisiones populistas nos recuerdan que cualquier intento de caracterización genérica sería inútil, pues lo mismo pueden adoptar posiciones de un rancio conservadurismo de derecha que dar un bandazo al otro lado del espectro político. La única característica común es el ocupamiento de un vacío político no aprovechado o ignorado que ofrece una oportunidad de llevarse el título de conectar directamente con los ciudadanos y sus ignoradas preocupaciones. Esto permite que las decisiones, más que caracterizarse por una racionalidad ideológica, sean de un constante pragmatismo en búsqueda de mantener satisfecha a la variopinta multitud que ha sido convencida por ese discurso.
Precisamente porque el populismo sólo le habla a su base, gran parte de quienes observamos o analizamos el devenir de estos gobiernos vivimos levantando nuestra quijada del suelo ante la irracionalidad económica de alguna decisión o por la audacia de una declaración aberrante que sólo es opacada por la siguiente irreverencia carente de vergüenza. La brújula del populismo apunta a una dirección diferente y, en lugar de responder a las advertencias sobre la presencia de un iceberg al frente con un timonazo que cambie el rumbo, puede llevar a acelerar a fondo si con eso los pasajeros aplauden al capitán.
La incógnita a partir de este momento, entonces, ya no estará en si el populismo ascenderá y logrará mantenerse ahí. La reafirmación del Brexit y el apoyo electoral a un Donald Trump que tiene grandes posibilidades de reelegirse en 2020 nos dejan claro que el populismo ha llegado para quedarse un buen tiempo. La pregunta está en si la realidad alcanzará a estos discursos y los hará saltar por los aires o, por el contrario, si les seguirá dando oxígeno para ayudarlos a definir la siguiente década. He ahí la cuestión.

