La visita de Marco Rubio a México dejó al descubierto una realidad incómoda: los aranceles tienen una función política más que comercial. A pesar de que los datos más recientes muestran que el gobierno de Trump empieza a padecer los estragos de su política arancelaria, no da marcha atrás. ¿Fracasó Trump con su estrategia de los aranceles? Depende del ángulo desde el que se mire.
Los datos del Departamento de Comercio son contundentes: las medidas arancelarias impuestas desde abril —incluido un 10% generalizado a la mayoría de las importaciones— no han servido para corregir el déficit comercial. Muy al contrario: el déficit con países como Vietnam, Taiwán y China ha aumentado. Sin embargo, los aranceles prevalecen.
Desde el punto de vista económico, analistas, financieros, expertos y, ahora, la evidencia, demuestran que la guerra arancelaria tendrá repercusiones negativas. Tal vez los aranceles sí han sido exitosos si el objetivo era otro: ejercer presión política. Le han servido a Trump para disciplinar a sus socios y mostrarle a su base que tiene el control; que no se dobla ante nadie. No importa si el déficit crece. Importa que el poder de imponer castigos siga intacto.
En ese contexto, la presencia de Marco Rubio en México cobra todo su sentido. No vino como senador; vino como emisario de una visión dura de la relación bilateral. Su mensaje fue claro: Washington no está conforme con la manera en que México ha manejado la seguridad. De cara a las elecciones de 2026, su interés respecto a su vecino del sur es alardear de haberlo doblegado para detener la migración y minar el tráfico de fentanilo.
Rubio, uno de los rostros más agresivos del Partido Republicano en política exterior, vino a empujar una agenda de seguridad, a reforzar su imagen de que “pone orden” y a recordarle a la base republicana que Trump no se deja de nadie.
Lo que está en juego no es el balance de cuentas, sino el poder. Washington entiende que México es vulnerable a la presión comercial, como lo demostró Trump en 2019 cuando amenazó con aranceles para frenar la migración. Funcionó. No porque se resolviera el problema, sino porque México cedió.
Los problemas de migración y seguridad son responsabilidad compartida. Sin embargo, es mucho más fácil —y efectivo—, desde la demagogia de Trump, decir que México es culpable, que envía criminales y no hace lo suficiente para frenar el fentanilo. Esa narrativa hace eco en su base, que aplaudiría un mensaje victorioso de haber obligado a México a recrudecer esfuerzos fronterizos y debilitar al crimen organizado.
Rubio y Sheinbaum anunciaron la creación de un grupo de cooperación en seguridad y algunos avances bilaterales. Pero el mensaje de fondo fue otro: reforzar la agenda política en migración y crimen. Ante los ojos de su mandatario, lo importante es ejercer el poder y cantar victorias simbólicas. Washington sabe que puede negociar lo comercial cuando le convenga y que México no tiene con qué contraatacar.
Es el padre que cancela las vacaciones familiares como castigo. Aunque padezca las consecuencias del sacrificio, lo importante no es el resultado, sino el mensaje de autoridad y control.
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