La memoria es el lugar donde las cosas suceden otra vez: los hechos se presentan distorsionados con circunstancias que el tiempo le agrega a su antojo. Tiempo anterior que se nutre de instantes de un presente frágil e indeterminado. “Ayer se fue; mañana no ha llegado; / hoy se está yendo sin parar un punto: / soy un fue, y un será, y un es cansado”, nos dice Quevedo. En estos días —entre la música (jazz, Mozart, Mahler...), los libros (Edna O’Brien, Lezama, Lorca, Vallejo...), las felicitaciones y las algarabías (reggaetón, cumbia...) del vecindario por el nuevo año—, decidí ver viejas cintas de Charles Chaplin (1889–1977). Quise entrar otra vez a sus exaltaciones imborrables.
Tengo para mí que Charlot se multiplica en mi vida a cada instante. De niño, lo vi por primera vez en la improvisada sala cinematográfica de la biblioteca de mi escuela primaria en Guantánamo, Cuba: recuerdo que no entendí muy bien las razones de las risotadas de mis compañeros de clase. Veíamos Luces de la ciudad: las secuencias finales me siguen provocando el llanto desde entonces. Todo el mundo reía, yo salí antes de que encendieran las luces: me encerré en el baño a secarme las lágrimas.
Me ocurre siempre, me ha sucedido ahora en estas jornadas de principio de año. Cada vez que veo una película de Charlot: el sollozo se mezcla con una sonrisa de atribulada conmiseración. Personaje ingenuo y torpe, pordiosero con los gestos y la prudencia de un lord, el vagabundo creado por sir Charles Spencer Chaplin aparece en Vida de Perro, The Kid, La quimera del oro, El circo, Luces de la ciudad y Tiempos modernos: para mí, las películas más tristes del mundo.

La poca seriedad del nuevo subsecretario
Gimo otra vez en las escenas de La quimera del oro cuando Georgia (la muchacha con quien Charlot ha bailado la noche anterior en el cabaret) descubre una foto suya debajo de la almohada del catre del errabundo buscador de oro y las amigas se burlan; o la cena de fin de año que éste prepara con esmero para ella y sus amigas, quienes nunca llegan (cómo olvidar el sueño de la danza de los panecitos). “En no ser amado sólo hay mala suerte. En no amar hay desgracia”: Albert Camus. Charlot es la imagen más certera de nosotros: nadie como él supo reivindicar la desventura del amor y las falsas ilusiones que se esconden en la espesa selva de su derrotero.
Veo con asombro renovado Tiempos modernos, sátira del ‘automatismo industrial’, que sella el final de la ‘época Charlot’. Me sumerjo en El gran dictador, sarcasmo que advierte del peligro del nacionalsocialismo alemán en valiente desafío contra el nazismo. Entro a los parajes de Monsieur Verdoux, Candilejas, Un Rey en Nueva York, La condesa de Hong Kong…: Chaplin transmutado por la aparición del sonido en el cine.
Sigo gimiendo escoltado por una sonrisa inocente y desconsolada: repito las escenas del niño que rompe los vidrios de las ventanas de las casas del barrio donde vive para que contraten a Charlot, el vidriero (The Kid). Me da compasión la soledad de Charlot perseguido y enamorado de la hermosa Merna de El Circo. Dicen que murió dormido bajo las cifras de la Navidad del año 1977, en Corsier-sur-Vevey, Suiza: la brisa mansa y fría del lago cercano a su residencia arropó su último suspiro. Lo recobro en el sueño ejecutando otra vez la danza de los panecitos de La quimera del oro.

Luces de la ciudad
Dirección: Charles Chaplin
Género: Comedia
Producción: United Artists (EU), 1931

