En estos días he releído con nostalgia las novelas La broma y La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Regreso a La Habana de mi juventud con la presencia de la cultura checoslovaca. Recuerdo que, en enero de 1968, La Habana estaba invadida por una brisa fría que ahuyentaba a la gente del Malecón. En Cuba la primavera se encadena con el verano. En Europa es distinto. Oí hablar por primera vez de Praga, a un turista español que conversaba con varias personas en el bar del Hotel Nacional: elogiaba “los avances estructurales del socialismo en Checoslovaquia”. En el cine Yara proyectaban Vals para un millón, la nostálgica historia de amor de dos jóvenes praguenses testigos del sueño político de una primavera truncada.
En aquel entonces veíamos películas europeas en la Cinemateca, bailábamos con la Orquesta Revé, leíamos a Nabokov (Lolita), Carpentier, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, Juan Rulfo, Hemingway, Carson McCullers, Faulkner, Sábato, Cortázar y Onetti. Llegaban a las librerías los breviarios del Fondo de Cultura Económica y los cuadernos de la editorial Joaquín Mortiz de México. Se respiraba un ambiente cultural, todavía sin la censura oficialista que vendría después.
En la populosa avenida de La Rampa se ubicaba la Casa de la Cultura Checa: refugio de poetas, músicos, escritores, pintores, estudiantes. Delfín Prats leyó allí su poemario Lenguaje de mudos (prohibido y desaparecido después por las autoridades). Espacio de divulgación del arte europeo: vendían discos de rock y de jazz, se programaban conciertos y se ofrecían funciones de cine. Los checos no eran bolos. Los bolos eran los rusos que se adueñaron del Focsa, el primer edificio de estilo Le Corbusier de América Latina.
En la universidad alguien habló de un tal Alexander Dubček y de “socialismo con rostro humano”. Se conversaba en susurro del asunto. Los filmes checos: El amor se cosecha en verano, Trenes rigurosamente vigilados, ¡Al fuego bomberos! y Los Amores de una rubita llenaban los cines de La Habana. La medianoche del 20 de agosto de 1968, tropas soviéticas se adueñaron del aeropuerto de Praga-Ruzyne, escuadrones del Pacto de Varsovia cruzaban la frontera checoslovaca y sus tanques llegaban hasta el centro de Praga. 250 mil soldados y 5 mil tanques del otro imperialismo: el soviético. Fin del intento pacífico, de edificar un “socialismo con rostro humano”. La Primavera de Praga de Dubček, transitoria quimera. Los checoslovacos amanecieron con las botas de los soldados del Pacto sobre sus espaldas. Franz Kafka miraba a distancia desde el castillo. La canícula excitaba a la isla.
Recuerdo el discurso de Fidel Castro en que apoyaba la incursión soviética reprobada por la izquierda de Europa y que causó contrariedad en intelectuales (Sartre, Russell, Régis Debray, Roger Garaudy...). La comparecencia de Fidel fue objeto de estudio y aprobación en las aulas universitarias de Cuba: yo levanté la mano ratificando las consideraciones del Comandante en Jefe. Desaparecieron de la cartelera las cintas de Jan Kadár, Milos Forman, Vera Chytilová, Jiri Menzel y Jaromil Jives. Semanas después, dos militares hacían guardia en la clausurada Casa de la Cultura Checa. Milan Kundera me lleva a mi Habana de los años 60 bajo el retumbo de la azarosa y mutilada Primavera de Praga.
La insoportable levedad del ser
Autor: Milan Kundera
Género: Novela
Editorial: Tusquets