Para cualquier presidente o presidenta latinoamericano debe de ser problemático dialogar con Donald Trump, sobre todo si es un político o una política progresista. Cualquier escrúpulo moral o ideológico tendría que ser aparcado antes de la plática y entrar de lleno en la lógica transaccional con que Trump conduce las relaciones internacionales de Estados Unidos.
Esa lógica transaccional ha quedado plenamente expuesta, no sólo en la negociación de Trump con la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, sino con otros mandatarios aludidos en las amenazas de la Casa Blanca en los días que siguieron al ataque a Caracas. En medio de un cruce verbal, cada vez más subido de tono, Trump habló con el presidente colombiano, Gustavo Petro, y fijaron una reunión entre ambos en Washington en el mes de febrero.
La conversación entre Trump y Petro y el anuncio de la cita produjo una distensión automática y un fin de los amagos belicistas de Washington. El propio Petro, tal vez el mandatario latinoamericano que con mayor firmeza y, también, histrionismo, se opuso a la ofensiva naval en el Caribe, desde septiembre de 2025, utilizó la noticia de su charla con Trump como un elemento de disuasión y defensa frente a la envalentonada derecha colombiana.
Otra de las jefas de Estado aludidas en el paquete de amenazas trumpistas, la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, también habló con Trump. El contenido de la conversación, por lo visto, fue muy parecido al que sostuvieron, poco antes, los cancilleres de Estados Unidos y México, Marco Rubio y Juan Ramón de la Fuente. Frente a la posibilidad de ataques terrestres directos contra cárteles de la droga, la izquierda hegemónica mexicana responde con mayor oferta de colaboración bilateral en el combate al narcotráfico.
Quien no habla con Trump, y lo ventila con orgullo en las redes sociales, es el presidente de Cuba, Migue Díaz-Canel. Pocos días después de que el secretario Rubio se reuniera con el embajador de Estados Unidos en la isla, Mike Hammer, Trump se refirió a unas intrigantes “conversaciones con Cuba”. No sabemos si aludía a esas pláticas rutinarias de su canciller con su embajador en La Habana, o a otra cosa.
Pero con una celeridad sintomática, el mandatario cubano respondió que su gobierno no hablaba con Trump. Había diálogos técnicos sobre tremas migratorios, pero nada más. Tradicionalmente, el gobierno cubano, desde los tiempos de Fidel y Raúl Castro, reconoce que mantiene conversaciones habituales y colaboración permanente con Estados Unidos no sólo en temas migratorios sino también de seguridad fronteriza, terrorismo y narcotráfico.
Ahora Díaz-Canel dice que no, que sólo se habla, técnicamente, sobre migración. El tono del mandatario era de orgullo militante, “no hablamos con el imperio”, pero tal vez no fuera ajeno a un reclamo de atención: “por qué hablan con Claudia y con Petro y no con nosotros”, que también queremos dialogar con Trump.