En lo que va del convulso 2026 hay dos países cuyas crisis políticas han acaparado la atención global: Venezuela e Irán. A pesar de las notables diferencias entre ambas naciones y su respectiva situación, existen algunas similitudes y vasos comunicantes. Entre ellas, que cuentan con importantes recursos energéticos (particularmente petróleo), que sufren atroces regímenes autoritarios y que forman parte de un eje anti-Estados Unidos, con una estrecha comunión ideológica y política. Veamos el caso de Irán.
El actual ciclo de protestas se detonó por una multiplicidad de causas. En primer término, por razones económicas: altos índices de inflación, con incrementos puntuales en alimentos básicos (arroz y carne), la devaluación de la moneda y la revisión del esquema de subsidios a la gasolina —en uno de los países donde el precio del combustible suele ser de los más baratos del mundo—. Esto formó un combo explosivo para que, con el cambio de año, fuera escalando un nuevo ciclo de protestas contra el régimen teocrático, el cual ha reaccionado con una brutal represión que ya ha dejado centenares de muertos y miles de heridos (con una previsible diferencia entre las cifras reconocidas por el gobierno y las denunciadas por organizaciones de derechos humanos), a pesar de lo cual no ha logrado terminar con las protestas.
Rápidamente, las manifestaciones por motivos económicos se han convertido también en protestas sociales y políticas, ante las arbitrariedades y abusos perpetradas por la autocracia de los ayatolas. Han sido ampliamente documentadas las protestas de mujeres que en público se despojan de sus hiyabs, como muestra de repudio, rebeldía y liberación. Esas imágenes recuerdan el ciclo de protestas de mujeres de 2022, tras la muerte de Mahsa Amini, en circunstancias muy obscuras, durante su custodia policial. No obstante, el contexto político actual es distinto a aquél, cuando el régimen pudo, a sangre y fuego, reprimir el ciclo de protestas.
Desde la Revolución islámica de 1979, que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlavi e instaló un Estado autoritario teocrático fundamentalista que ha concentrado el poder político, militar y religioso, el régimen ha enfrentado diversas protestas sociales por la pérdida de las más básicas libertades comunes en Occidente; protestas que, en todos los casos, fueron reprimidas por la temida Guardia Revolucionaria.
Hoy, tanto el contexto doméstico como el regional en Medio Oriente y el internacional, son más adversos que nunca para el régimen. De ahí la expectativa de un eventual cambio político. Si bien la oposición dentro del país es débil y poco articulada —el régimen, por definición, la proscribe y aplasta—hay una renovada protesta social que no ha cedido terreno ante la brutal respuesta represiva. Las manifestaciones se han retroalimentado por la convocatoria a la resistencia que, desde el exilio, ha lanzado Reza Pahlavi, el hijo del sah, así como el apoyo de las democracias occidentales, que han condenado la represión del régimen y alentado la lucha de la población iraní.
Regionalmente, los aliados de Irán no se encuentran en su mejor momento: en diciembre de 2024 fue derrocado el tirano sirio Bashar al-Assad, aliado histórico de Irán, y la combinación de acciones militares de Estados Unidos e Israel ha sido determinante para diezmar a otros de sus aliados tradicionales: la organización terrorista Hamas, Hezbolá en Líbano y los rebeldes hutíes en Yemen, así como la Operación Martillo de Medianoche, el estratégico y quirúrgico ataque de Estados Unidos contra instalaciones nucleares iraníes que debilitó su capacidad militar.
En suma, un renovado ciclo de protestas que, al igual que las anteriores, han sido brutalmente reprimidas, pero que generan expectativas moderadas sobre un posible cambio de régimen.