VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

¿Triunfará la revolución en Irán?

Gabriel Morales Sod*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

La última vez que se produjeron manifestaciones de una magnitud comparable en Irán fue en 1979, durante la Revolución, cuando los islamistas lograron consolidarse en el poder y establecer el régimen clerical que gobierna el país hasta el día de hoy. Sin embargo, esto no significa que el actual movimiento de protesta haya surgido de la nada.

En las últimas décadas, Irán vivió varias oleadas de movilización popular masiva (2009, 2019, 2022). Sin embargo, nunca antes las manifestaciones habían sido tan numerosas. Parece como si los iraníes sintieran que no tienen nada que perder. Una combinación de factores ha creado una tormenta perfecta que, por primera vez, pone en serio peligro la supervivencia del régimen clerical.

En primer lugar, es importante entender que quienes hoy están en las calles pertenecen a una generación distinta, mucho menos religiosa y conservadora, que ve en las redes sociales como otros jóvenes, no sólo en Occidente sino también en el mundo árabe e islámico, viven con más libertad. Son jóvenes que nacieron décadas después de la revolución de 1979, para los cuales el régimen simboliza principalmente una crisis económica crónica.

Esa crisis comenzó hace más de una década como resultado de las sanciones no sólo de Occidente, sino también de la propia ONU; un intento de frenar las ambiciones nucleares de Irán. Tras una breve pausa durante los años en que estuvo vigente el acuerdo nuclear, las sanciones regresaron con fuerza durante el primer mandato de Donald Trump. No obstante, la inflación, el empobrecimiento y la represión han sido constantes a lo largo de todos estos años.

El primer acontecimiento reciente que marcó un verdadero parteaguas fue la guerra de los 12 días contra Israel y el posterior bombardeo estadounidense a la planta nuclear de Fordo. Este episodio constituyó una humillación nacional que dejó al descubierto la debilidad del régimen. El daño no fue sólo físico o militar, sino también simbólico y económico.

El segundo detonante fueron las protestas en el bazar iraní, el corazón histórico y económico del país. Durante semanas, en un contexto de inflación superior al 60 por ciento, los comerciantes se vieron obligados a cambiar los precios varias veces al día ante la caída acelerada del rial frente al dólar. No es casual que haya sido precisamente en el bazar donde comenzaron las protestas, fue allí mismo donde se gestó la revolución de 1979. El bazar simboliza al pueblo, y esta vez ese pueblo, agotado por la ineptitud de sus líderes, salió a las calles como nunca antes.

El problema es que no sólo las protestas son de una magnitud sin precedentes, sino también la violencia que ha utilizado el régimen para reprimirlas. Como muchas dictaduras, Irán está gobernado por una élite de clérigos y políticos incompetentes, incapaces de administrar o liderar el país, aferrados a normas anacrónicas, supersticiones religiosas, y creencias políticas dogmáticas, cuya única herramienta para conservar el poder es la fuerza bruta. Francotiradores, disparos directos al rostro y al pecho de manifestantes, detenciones masivas e incluso la pena de muerte: todo es válido para intentar sostener al régimen. Los muertos se calculan en miles.

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