Un año del regreso de Trump cabe en una consigna: “365 victorias”. El documento de la Casa Blanca no es un informe; es un mapa de prioridades. Y el mapa dice esto: gobernar como campaña permanente, con el Estado como palanca y el lenguaje como arma.
En migración, el balance se vuelve programa moral: deportaciones masivas, fin de catch-and-release, presiones a México y Canadá, y la promesa de “control” convertida en espectáculo. El costo humano —debido proceso, separación, miedo como política— queda fuera del inventario.
En el orden internacional, el giro es igual de claro: la diplomacia se vuelve transacción. Paz brokered, sanciones y aranceles como herramientas habituales; retirada climática y reconfiguración de alianzas bajo el lema America First. Se sustituye la idea de reglas por la de tratos: quien no paga, pierde.

ROZONES
Si la lista oficial fuera un termómetro, marca fiebre en dos puntos: cultura-gobierno y frontera. Por rubro, sus “logros” se reparten así: gobierno/cultura 21.6%, frontera-migración 14.2%, energía-clima 11.8%, política exterior 12.6%, economía 10.1%, defensa 8.8%, salud 6.8%, industria 6.3%, seguridad 4.1%, innovación 3.6%.
Tras la operación en Venezuela —y con el tono de “nadie puede detenernos” que ha acompañado sus mensajes— Trump ha vuelto a sugerir que México, Cuba e Irán están en su horizonte. En México, la coartada sería “seguridad”: cruzar la línea entre cooperación y acción unilateral contra cárteles, con el costo inmediato de soberanía, escalada y una crisis política interna que se paga en la frontera.
En Cuba, el guión aparece más nítido: ultimátums públicos, asfixia energética y la insinuación de un cambio de régimen como trofeo. En Irán, el salto puede venir de la combinación más explosiva: protestas reales, represión brutal y una Casa Blanca que dice “la ayuda viene en camino” sin precisar límites.
Cuando Trump publica algo en redes sociales, el riesgo no es hipotético: el presidente habla de “liberar” países, mientras afina el vocabulario de la intervención. La frase —“vería a un México, una Cuba y un Irán libres”— no describe un ideal sino una agenda imperial: convertir la libertad en mandato, y el mandato en operación.
Para México, la situación es incómoda: la migración dejó de ser un tema bilateral y se volvió moneda de cambio de la política interna estadounidense. Negociar ya no será “acordar”: será contener presiones —tarifas, visas, seguridad— y aceptar que cada crisis se intentará cobrar en la frontera.
Por ello, la respuesta estratégica no es sólo diplomática: es doméstica. Hay que retirar los pretextos que vuelven “vendible” una incursión —descontrol territorial, impunidad, complicidad—; fortalecer la democracia y el Estado de derecho; y golpear con contundencia al crimen organizado con inteligencia, coordinación y resultados verificables. La mejor política exterior —hoy— es poner en orden al país.

