Del 19 al 23 de enero, cerca de 65 jefes de Estado y de gobierno, así como 850 CEO, se reunieron junto a más de 3,000 participantes de los sectores público, privado y social en Davos-Klosters, en el World Economic Forum.
Este año Davos reunió a los principales líderes del mundo en un momento crucial, en el que para muchos se están trazando nuevas líneas rojas de la geopolítica y el orden internacional está siendo transformado. El foro llegó en una coyuntura marcada por un Estados Unidos que señala con una intensidad inusitada a propios y extraños, aliados y adversarios.
Donald Trump arribó a la cumbre tras la operación militar en Venezuela; luego de amenazar a México y Colombia con incursiones para frenar el narcotráfico; de advertir a Europa sobre la posibilidad de tomar control de Groenlandia y aplicar aranceles a quien se opusiera; de presionar al régimen iraní por las protestas internas; de retirarse de organismos multilaterales; de abrir una investigación contra el gobernador de la Reserva Federal; y de intensificar las redadas del ICE contra migrantes. El preámbulo no anticipaba un foro de diálogo sino de tensión y la cumbre no mejoró la situación.
En su discurso, Trump no buscó bajar el tono, sino subirse al escenario para escenificar su forma de hacer política exterior y económica: confrontacional, transaccional y abiertamente escénica. Habló de un supuesto “milagro económico” estadounidense construido a partir de desregulación masiva, recortes fiscales, despidos de burócratas y el uso de aranceles como herramienta central de política pública. El mensaje fue inequívoco: Estados Unidos vuelve a ser grande no por consenso, sino por imposición; no por cooperación multilateral, sino por la capacidad de doblar a socios y adversarios mediante presión comercial y financiera y, ahora, también militar.
Ese mismo enfoque se trasladó a la política energética y de seguridad. Trump descalificó frontalmente la agenda verde europea, defendió los combustibles fósiles y la energía nuclear como pilares del crecimiento y vinculó de forma explícita la energía con la supremacía tecnológica y militar. En política exterior llevó al extremo la lógica del “pago por protección”: exigió más gasto militar a la OTAN, puso en duda la lealtad de los aliados y volvió a colocar a Groenlandia como pieza negociable de la seguridad estadounidense, bajo la advertencia implícita de consecuencias para quien se opusiera. El foro no moderó al presidente estadounidense; le ofreció el escaparate perfecto para exhibir su delirio geopolítico.
De forma paralela al foro, se presentó la llamada Junta de Paz, una iniciativa impulsada personalmente por Trump. Concebida originalmente como un mecanismo para supervisar la reconstrucción de Gaza tras el alto al fuego negociado por Estados Unidos, la junta fue ampliando su mandato hasta proponerse como un órgano global para gestionar conflictos, incluso sugiriendo que podría sustituir a Naciones Unidas. La ceremonia de firma dejó ver una ausencia notable de gobiernos liberales, reemplazados por monarquías de Medio Oriente, gobiernos de Asia Central y países autocráticos aliados de Rusia, como Hungría o Belarús. En ese mismo marco se delineó el llamado “plan maestro” para la reconstrucción de Gaza, presentado por la Casa Blanca como un esfuerzo multietapas condicionado a la desmilitarización total de Hamas y financiado, en parte, por aportaciones extraordinarias de los miembros permanentes de la Junta. El plan, más cercano a una lógica inmobiliaria que a una estrategia humanitaria, contempla un fondo multibillonario para infraestructura, energía y vivienda.
Pero Davos no fue sólo Trump. También fue Mark Carney y Emmanuel Macron, quienes decidieron entrar al juego de la confrontación pública y responder al teatro trumpista reivindicando los valores liberales, progresistas y democráticos que han guiado la política occidental durante décadas. Sus discursos también fueron performativos y reflejan una transformación más profunda: la política definitivamente ya no se juega exclusivamente en salas cerradas ni en comunicados diplomáticos. Hoy, la inmediatez de la información, las redes sociales y los medios se han convertido en armas capaces de desestabilizar gobiernos, mover mercados y enviar señales sin pasar por congresos, bancos centrales o instancias multilaterales. También dan la oportunidad de posicionarse y enviar señales adecuadas a su electorado, sus inversionistas y sus leales, un juego que se juega a nivel internacional, pero que tiene implicaciones muy reales en el ámbito doméstico.
Ése es el juego de Trump: ahorita es Groenlandia, luego Irán, luego México, luego la OTAN y luego otra vez Groenlandia. Una rueda que fija objetivos móviles, que se repiten y se contradicen conforme avanza su propio eje. Y ése es, también, el juego del resto del mundo: aprender a sobrevivir, reaccionar y prepararse para cuando la rueda vuelva a pasar.