El Foro Económico Mundial de Davos ha dejado de ser un ritual de consenso y se ha vuelto un campo de batalla doctrinal. No es raro entonces que en sus discursos los oradores echen mano de citas de pensadores clásicos, a los que se invoca para sostener preferencias en temas de geopolítica, finanzas o estrategias de crecimiento económico.
En los días que siguieron a la operación militar de Estados Unidos en Caracas, a principios de año, el filósofo canadiense Michael Ignatieff, Premio Princesa de Asturias, sostuvo, en un texto traducido por Daniel Gascón para la revista Letras Libres, que estamos ya instalados en una época oscura donde el derecho internacional y la soberanía de los Estados son pisoteados por las grandes potencias del orbe.
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, líder del Partido Liberal, que a principios del siglo XXI dirigió Ignatieff, reprodujo la misma idea en el foro de Davos. Citó Carney a Tucídides, quien decía que “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”, como una de las tantas formulaciones del estado de guerra entre las naciones que puede rastrearse desde el Peloponeso.
Pero Carney no se limitó a describir esa vuelta al estado de naturaleza que ahora vivimos, tras la fractura del orden internacional liberal de la Postguerra Fría. A ese mundo hobbesiano de una multipolaridad más unilateral aun que la que conocimos a fines del siglo XX o principios del XXI, el líder canadiense responde llamando a la movilización de los pequeños y los débiles, pero también de los medianos, los que llama “potencias medias”.
Citó a otro clásico, lector de Tucídides, el florentino Maquiavelo, el presidente argentino Javier Milei. En otra muestra de su limitada formación teórica, Milei gritó “Maquiavelo ha muerto”, pero su visión del autor de El príncipe resultó tan burda como la reducción a la frase “el fin justifica los medios”. El discurso, supuestamente antimaquiavélico de Milei, fue una arenga ni siquiera libertaria, típicamente populista, contra el gasto público en educación, cultura, universidades, ciencias sociales y políticas.
El primer ministro de Bélgica, el conservador europeo Bart De Wever, citó la conocida frase atribuida a Antonio Gramsci, aunque también a Bertolt Brecht, de que las crisis se producen cuando lo viejo no ha muerto y lo nuevo no ha nacido aún. En ese interregno, según diversas versiones de la cita, se producirían diversos “síntomas de lo mórbido” o “florecerían los monstruos”.
El primer ministro belga se refería directamente a Donald Trump y su proyecto de anexión de Groenlandia. Lo más asombroso de su apropiación de Gramsci, un comunista italiano encarcelado por Benito Mussolini, hace exactamente un siglo, en el ascenso del fascismo, es que se hacía en nombre del rey de Bélgica, Felipe Leopoldo, la reina consorte Matilde y la unidad de Europa.
Bart De Wever sostenía, citando a Gramsci, que había que detener a Trump porque el mandatario estadounidense podía destruir “ochenta años de atlantismo”, en alusión al pacto entre Estados Unidos y Europa después de la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. En su visión europeísta, lo que estaba amenazado era un mundo construido desde 1945.
La visión de la crisis de Carney partía de una temporalidad distinta, más rigurosa desde un punto de vista histórico. El líder canadiense sostenía en Davos que lo que está amenazado es el orden de la Postguerra Fría, que siguió a la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991. De ahí otra de las citas pertinentes de Carney en su discurso: la del escritor disidente y expresidente de Checoslovaquia, Václav Havel.
Dirigiéndose a aquellas potencias medias que aparentan que todo sigue igual, que no pasa nada, Carney recordó que Havel, en El poder de los sin poder (1979), llamaba a “dejar de vivir en la mentira”. Como Gramsci, Havel estaba entonces preso por sus ideas.