De acuerdo con un artículo reciente de The Economist, Morena es hoy el partido de izquierda más grande e influyente del mundo democrático. Ese poder y esa dimensión, sin embargo, no se han traducido —al menos hasta ahora— en resultados proporcionales y estables en crecimiento económico, entorno regulatorio, certeza jurídica o bienestar general. Morena no sólo gobierna: es el partido dominante. Controla la Presidencia, el Congreso, la mayoría de los gobiernos estatales y una parte creciente de las instituciones autónomas de una de las economías más grandes del mundo.
Morena llegó al poder en un contexto internacional particularmente complejo. Su primer periodo al frente del Ejecutivo coincide con el primer periodo de Donald Trump, con la ola de populismos que se extendió por distintas regiones del mundo, con la pandemia de Covid-19 y con la disrupción de las cadenas globales de suministro. Hoy el mundo atraviesa un momento convulso: se ha pasado de un consenso básico de respeto a las reglas a uno en el que estas pueden ignorarse sin mayores costos que no afectar los intereses de los que mantienen a la cúpula en el poder. Ese contexto explica, en parte, la “audacia” de sus líderes y la normalización de decisiones que, en otro momento, habrían generado mayores costos políticos.
Pero luego de siete años al frente del Ejecutivo federal, una expansión local sostenida, el control del Congreso y reformas profundas al Poder Judicial y a los órganos constitucionales autónomos, el balance es agridulce. El mayor logro de la llamada Cuarta Transformación se encuentra en la “primavera laboral”: una serie de cambios legales y de política pública cuyo principal resultado ha sido el incremento sostenido del salario mínimo y una reducción de la pobreza. El resto de los resultados son mediocres, malos o debatibles. El desempleo es bajo, pero el empleo formal se ha reducido; la economía no decreció, pero creció de forma mínima (como en los últimos sexenios del PRI y el PAN); la tasa de homicidios ha bajado en los registros oficiales, pero la percepción de seguridad no mejora; falta inversión, un largo etcétera. No es que estemos en un escenario catastrófico, es que estamos estancados.
La paradoja es que luego de pasar sexenios en el periodo de transición democrática del PAN y el PRI en donde la justificación de nuestra mediocridad descansaba en la lógica de que vivíamos con un gobierno dividido, ahora que el partido en el gobierno tiene literalmente todo el poder institucional en sus manos, los resultados siguen siendo los mismos. La paradoja es que aun con la velocidad con la que se aprueban reformas constitucionales y legales, con procedimientos poco ortodoxos, los resultados siguen siendo igual de mediocres. Morena se ha convertido en el partido de izquierda más importante del mundo democrático y ha concentrado todo el poder institucional. El problema es que, con todo ese poder, México sigue estancado y dejando pasar oportunidades que difícilmente volverán.

