Normalmente, las palabras “cara” y “rostro” se usan como sinónimas. No obstante, en la filosofía, este par de conceptos se han utilizado para describir cosas distintas. Varios autores han trazado esa distinción, entre ellos, Levinas. En el breve espacio de este artículo quisiera hacer un esbozo de cómo entiendo yo esta diferencia.
Nuestra cara está hecha de piel, tendones, músculos y huesos. Como le sucede al resto del cuerpo, la cara cambia con el tiempo. En la cara de un recién nacido no se advierten los rasgos faciales que adquirirá después. No se sabe a quién se parecerá cuando crezca. En la adolescencia, las caras sufren cambios drásticos. En los hombres aparece el vello facial y en las mujeres se resaltan otros rasgos. En la madurez tenemos la cara que nos identifica. Es el momento en el que nos toman las fotografías oficiales con las que se nos recordará en el futuro. Con la vejez, las caras sufren otras transformaciones. Se marcan las arrugas, aparecen las papadas, los párpados se cuelgan. Sin embargo, los sistemas de reconocimiento facial siguen siendo capaces de decirnos quién es cada ser humano, porque normalmente las caras de los ancianos no cambian al grado de ser irreconocibles.
Un rostro, tal como lo entiendo, no es lo mismo que una cara. El rostro es la manifestación de una persona. Por lo mismo, hay seres humanos que todavía no tienen rostro y otros seres humanos que han dejado de tenerlo. Los padres presencian cómo sus hijos van adquiriendo un rostro desde la más tierna infancia. De esa manera, los gemelos pueden tener casi la misma cara, tanto así que ni siquiera los padres pueden distinguir uno del otro, sin embargo, cada uno de ellos posee su rostro, por parecidos que sean. La personalización es el proceso por el cual un ser humano va adquiriendo un rostro que siempre es único e irrepetible. Ese rostro se forja vis-a-vis con otras personas. Lo que no implica que los demás siempre sepan qué persona somos, es decir, que vean con claridad los rasgos de nuestro rostro. Una persona puede tener muchos familiares y amigos y, sin embargo, su rostro puede no ser conocido por ninguno de ellos. Y lo mismo pasa con uno mismo. Hay seres humanos que no acaban de saber quiénes son, es decir, que no encuentran el espejo adecuado para conocer su rostro verdadero. Es por lo que el imperativo “conócete a ti mismo” es un reto tan formidable, digno de ser inscrito en el frontispicio de un templo. Al mismo tiempo, la persona va dejando su huella en la cara. Las arrugas nos dicen qué tipo de persona es ese ser humano. El rostro se deja ver en la cara.
Una persona madura es una persona cuyo rostro ha alcanzado el mayor grado de definición. Como en una fotografía desenfocada, el rostro en la infancia está difuso, no está definido. En la vejez, el rostro puede comenzar a borrarse, como sucede con las fotografías antiguas. El momento en el que el rostro de un ser humano consigue su mayor definición puede durar apenas un instante o largos y provechosos años. En cualquier caso, se trata de algo maravilloso: la culminación de un proceso único en el universo. Por lo mismo, el progresivo deterioro de ese rostro es algo desconsolador.
Hay sucesos traumáticos que dejan una huella imborrable en el rostro de una persona. Quienes vuelven de la guerra ya no son los mismos. No sólo cambia la cara, cambia el rostro. Hay heridas que no se ven, pero que afectan en lo más hondo a la persona que estuvo en el campo de batalla. Pasar años en prisión también cambia el rostro, tanto así que puede resultar irreconocible para sus familiares y amigos, por más que la cara siga siendo la misma. La despersonalización también puede tener causas físicas, como la enfermedad de Alzheimer y la demencia senil. En esa circunstancia, los parientes del enfermo se van dando cuenta que el rostro de sus seres queridos enfermos se va borrando hasta que sólo queda una cara que ni siquiera los reconoce. El ser humano sigue vivo, pero la persona se ha ido para siempre.