EL ESPEJO

Cuba, patria y vida

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

En Cuba, decir “patria y vida” puede costarte cinco años de cárcel. No es una metáfora ni una exageración retórica: es una situación real en un país donde la palabra vida se volvió delito.

La frase nació como una provocación musical. “Patria y vida” fue una canción, luego un grito colectivo y finalmente un expediente judicial. Maykel Osorbo, uno de los raperos que la interpretó, cumple hoy una sentencia de nueve años de prisión sufriendo hambre y torturas que han sido denunciadas públicamente.

Su crimen no fue portar un arma ni organizar una insurrección armada, sino haber puesto música a una consigna que condensó el hartazgo de una generación. En 2021, cuando miles de cubanos salieron a las calles a protestar por apagones, hambre y falta de libertades, esa canción se convirtió en himno. La respuesta del Estado fue inmediata y conocida: golpes, detenciones masivas y largas condenas por delitos como “desacato” o “desórdenes públicos”.

Desde entonces, el sistema de represión cubano no ha hecho sino ampliarse. Organizaciones como Amnistía Internacional han documentado el encarcelamiento de cientos de presos políticos, procesos judiciales opacos y un uso sistemático de la represión para disuadir cualquier forma de protesta. Cuando la isla enfrenta una crisis, ya sea económica, energética o social, la reacción del régimen no es corregir, sino cerrar filas y apretar. No hay reformas estructurales ni apertura política: hay miedo organizado.

Esa represión ha sido acompañada en el plano internacional por una red de complicidades silenciosas. Mientras en las calles de La Habana se detenía a ciudadanos por pedir comida o electricidad, el régimen cubano era tratado como invitado de honor en México. Al presidente Díaz-Canel se le condecoró, se le aplaudió y se le defendió bajo el argumento de la soberanía y la no intervención. El discurso oficial hablaba desde ahí de ayuda humanitaria; pero en la práctica el respaldo político y entrega de combustible era para ayudar a un gobierno que encarcela a la gente que dice proteger.

Esa paradoja es hoy insostenible. Cuba atraviesa su peor momento desde el colapso soviético: apagones prolongados, escasez de combustible, alimentos y medicinas. La presión de Estados Unidos, con Donald Trump decidido a convertir a la isla en su siguiente blanco, ha colocado al régimen contra la pared. La asfixia petrolera, tras el fin del apoyo venezolano, ha dejado a La Habana sin margen de maniobra.

Fidel Castro convirtió “patria o muerte” en una consigna fundacional. Décadas después, ese lema terminó vaciado de contenido. El régimen cubano enfrenta hoy una soledad política casi total, sin respaldo popular genuino ni aliados internacionales dispuestos a pagar el costo de sostenerlo. La soberanía y el discurso revolucionario de justicia e igualdad se redujeron a una retórica defensiva que no garantiza derechos, bienestar ni futuro. El sufrimiento de los habitantes de la isla no es una consecuencia inevitable del asedio externo, sino el resultado de un gobierno que eligió reprimir antes que reformar y cerrar antes que escuchar. El curso y la intensidad del ataque de Trump siguen siendo inciertos, pero pueden resultar letales para un régimen que llega debilitado desde antes. El precio de negarle al pueblo cubano patria y vida puede ser mortal.

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