Las nuevas tecnologías son imparables. Las redes sociales, los juegos en línea y la Inteligencia Artificial, se han hecho con la atención global. Vivir al margen de las pantallas es virtualmente imposible. Están en todos lados: en nuestro trabajo, en nuestras aulas y en nuestro tiempo de descanso. Las hemos aceptado sin saber las consecuencias de esta agresiva invasión a nuestro estilo de vida. Ahora, a toro pasado, muchos países se empiezan a cuestionar cómo dar marcha atrás a este fenómeno mundial.
Estos dispositivos están diseñados para capturar la atención y mantenerla por tiempo indefinido apoyados en un sistema de liberación de dopamina constante. El producto en este modelo de negocio somos nosotros: nuestra mente abierta a todo tipo de publicidad o mensaje, nuestros datos vendidos para el mercadeo y nuestros likes, compras y consumo de contenido. Si esta novedosa forma de atrapar consciencias es irresistible para los adultos, ¿qué diremos de nuestros niños que han quedado expuestos a este experimento dentro y fuera de nuestras aulas sin que mediara ningún estudio serio sobre las consecuencias de estas interacciones en sus cerebros y en su salud mental? Hemos permitido que sean vendidos y comprados sin el menor pudor mientras nos divertimos y nos plegamos al imperativo tecnológico: si es nuevo, ha de usarse.
Ante una avalancha de problemas de salud mental en menores y evidencia del deterioro en sus habilidades escolares, el tema se ha turnado a los gobiernos que buscan contener un huracán construyendo chozas en la playa. Australia busca prohibir a las plataformas que los menores de 16 abran cuentas, Francia piensa bajar el umbral a los 15, el Reino Unido intentará vetar contenidos inapropiados mientras otros países europeos se mesan los cabellos buscando fortalecer los sistemas de confirmación de edad para instalar filtros efectivos.

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La tendencia es clara: buscar legislación que regule las plataformas. El gran problema es que hemos perdido al público objetivo: los jóvenes están en contra de estas limitantes y están comprometidos a burlarlas. Al abrir la puerta indiscriminadamente hemos creado no sólo una gran penetración de un producto que ahora queremos retirar o regular, sino que se trata de elementos que implican una adicción real y bastante generalizada que implica problemas de salud pública.
Niños, jóvenes y adultos somos adictos a las nuevas tecnologías y hemos abierto la puerta a múltiples demonios que no sabemos cómo frenar. Depresión, falta de atención, consumismo, adicción al juego, pornografía y trata infantil, se han colado por las rendijas de la diversión online.
La regulación llega tarde y es impopular, además hay billones en juego.
¿Podremos dar la batalla?

