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¿Electorado insurgente?

Salvador Guerrero Chiprés<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Salvador Guerrero Chiprés*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

A la insistencia de leer cada diferencia como fractura y cada crítica como ruptura, el verdadero dato político debería ser la observancia de la capacidad unitaria del bloque en el poder y, simultáneamente, de creatividad política en la oposición… de haberla sólidamente en algún lado.

Ante las dudas de los otros, las obras de quienes trabajan.

El llamado Tren Insurgente deja de ser logro de infraestructura para convertirse en una metáfora del momento político. Es un mecanismo de conexión, contención y conducción de expectativas, es demostración de capacidad ejecutiva tras el desorden dejado por quien fuera el último Presidente salido del PRI, Enrique Peña Nieto; ciertamente ocurrió el impasse de Andrés Manuel López Obrador respecto del interurbano. La puesta en marcha plena este lunes es también muestra de trabajo convergente de los principales liderazgos del obradorismo.

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Las críticas recurrentes sobre una supuesta falta de resultados en seguridad —aun cuando las cifras muestran avances graduales— o los cuestionamientos al ritmo del crecimiento económico pueden ser contenidos gracias a una realidad administrativa eficiente. Liderazgos como los de la Presidenta Claudia Sheinbaum y la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, han operado con la premisa central de impedir razones al descontento. Trabajo, territorio, sensibilidad social. Una y otra vez. La unidad es una construcción diaria basada en la inclusión de cuadros críticos y atención a la gente más necesitada.

La inauguración conjunta, con Sheinbaum, Brugada y la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez, del último tramo del Tren Insurgente, proyecta logros de infraestructura mediante lo cual el Gobierno exhibe unidad de mando en un proyecto compartido contra personalismos o facciones.

El equilibrio entre firmeza y pragmatismo diplomático ha sido una constante también respecto de Estados Unidos. Cuando Donald Trump presentó al Tratado de Guadalupe-Hidalgo con el cual concluyó la intervención extranjera, como ejemplo del fortalecimiento de aquella nación a cualquier costo, Sheinbaum respondió con una frase cargada de historia y sentido histórico político: “No somos Santa Anna, hay que defender la soberanía”. Señal de límites claros hacia afuera y de cohesión hacia adentro.

Con proyecciones de crecimiento moderadas y un entorno exigente para respuestas inmediatas sobre la percepción de inseguridad, ¿existe un “electorado insurgente” que pudiera colarse entre las grietas del conjunto de las incertidumbres, algunos errores o marginales divisiones? Está por verse y no falta mucho.

¿Le beneficiaría a alguien, diferente de la oposición, la desunión del obradorismo? La Presidenta Sheinbaum ha asumido el rol de conductora de un tren transportador de expectativas de futuro con los pies en la tierra.

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