Franklin D. Roosevelt fue el 32° presidente de Estados Unidos de América de 1933 hasta el día de su muerte en 1945.
Fue un célebre político nacido en Nueva York el 30 de enero de 1882. Fue miembro del Partido Demócrata, sirvió como el 44° gobernador de su estado, además de secretario de Marina y senador estatal. Su liderazgo al frente del país durante la Segunda Guerra Mundial y su política económica denominada New Deal, junto al estímulo de la economía que significó la guerra mundial, permitió un dinamismo que no se sentía desde la gran crisis económica de 1929.
Dentro de muchas cosas, es a él a quien se le atribuye la famosa frase: “Cada vez que un acontecimiento surge, se puede decir con seguridad que fue preparado para llevarse a cabo de esa manera”. Esto viene a colación por los hechos que parecen aislados en la actual política mexicana.

Petro made in USA
Las llamadas de la Presidenta Claudia Sheinbaum con el presidente Donald Trump, los ajustes en la política humanitaria que se venían dando con el envío de petróleo a Cuba, los golpes visibles en materia de seguridad y la salida de, por lo menos, ya dos figuras centrales del lopezobradorismo, no son actos aislados. Son piezas del mismo tablero. Todas apuntan en una sola dirección: cerrar el ciclo del poder heredado y ejercer el propio. La separación de la Presidenta Claudia con su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, no debe leerse como ruptura ideológica ni como un deslinde personal. Es una decisión de gobierno. Gobernar con un poder en la sombra o con operadores que actúan como si el sexenio no hubiera terminado, es renunciar al mando real que le confirieron los mexicanos con su voto.
El problema nunca ha sido López Obrador como figura histórica; por el contrario, eso mantiene vivo el movimiento, le da oxígeno y lo mantiene en el ánimo del pueblo. Sin embargo, el problema es la persistencia de un poder informal que quiso sobresalir al cambio de administración. Lealtades, operadores y estructuras que seguían influyendo sin responsabilidad. En política, el doble mando no es un gesto de cortesía; es una debilidad estructural. Por eso Claudia Sheinbaum supo, desde el principio, que esto iba a ser un problema. Cauta y estratégicamente calculadora como lo es, esperó a que ese grupo entendiera que ya no era su momento, pero ese entendimiento nunca llegó; lo interpretaron como debilidad.
Ningún Estado serio ejerce el poder con dos voces. Ningún acuerdo internacional se sostiene si existe la percepción de que el poder real se ejerce fuera del gobierno formal. Por eso la causa de los movimientos recientes. La salida de figuras clave de posiciones estratégicas no responde a errores personales ni a ajustes menores. Responde a la necesidad de desactivar el poder heredado y cerrar el paso a cualquier intento de cogobierno.
El mensaje es claro: “Aquí la que manda soy yo”.
En el plano internacional, la señal es igual de contundente. México tiene hoy una sola interlocución. Una Presidenta que asume decisiones, costos y consecuencias. Eso no era posible mientras existiera la duda sobre quién mandaba realmente. Y de eso se encargó, y muy bien, la Presidenta.
Separarse del poder anterior fue una condición indispensable para gobernar. No había margen para ambigüedades, nostalgias o añoranzas al pasado. La realidad política, económica y de seguridad no lo permite. En el tablero de la Presidenta Sheinbaum siempre estuvo la decisión de gobernar con mando propio, aunque eso implicara incomodidad, desgaste y resistencia. Quizá dio espacio a la prudencia… prudencia que nunca fue correspondida.
Ya van dos que causan baja, Gertz Manero y Adán Augusto López… ¿Cuántos más faltan para entender que la era de los López se terminó?
Reenviado.
“Cuando veas una serpiente de cascabel a punto de morder, no esperes hasta que lo haga para aplastarla.”
-Franklin D. Roosevelt
32° Presidente de los Estados Unidos de América
