Hace unos días, el rector de la UNAM, el Dr. Leonardo Lomelí, dio un discurso en el que defendió vigorosamente la autonomía universitaria. Nunca está de más volver a hacer esa defensa, porque lo que está en juego es el sentido mismo de la universidad pública. Como señaló el rector Lomelí, la autonomía no puede considerarse como una mera herencia, sino que es algo que debe defenderse todos los días.
La autonomía universitaria no es un capricho de los universitarios, no es recurso para preservar privilegios o evadir responsabilidades. La autonomía es una condición indispensable para que una universidad, sobre todo, una pública, pueda cumplir con su misión de manera cabal. Por lo mismo, la universidad pública debe defender su autonomía frente al Estado, en primer lugar, pero también ante otras fuerzas económicas y políticas que la amenazan, desde dentro y desde fuera, ya sean empresas voraces, partidos políticos entrometidos, sindicatos codiciosos e incluso grupos estudiantiles aventureros.
La universidad pública es un organismo que tiene dos finalidades irrenunciables. Por una parte, es un espacio de creación, preservación y transmisión del conocimiento y, por la otra, es un espacio de crítica racional. Esas dos funciones deben permanecer en un equilibrio virtuoso. Si la universidad pública privilegia su función de creación, preservación y transmisión del conocimiento, en detrimento de su función crítica, pierde parte de su razón de ser. Y lo mismo se puede decir si privilegia su función crítica en detrimento de su función de creación, preservación y transmisión del conocimiento.

Advertencia desde Palacio
La primera tarea, la de crear, preservar y transmitir el conocimiento se funda en el ideal de la búsqueda desinteresada de la verdad. No es el único ideal —hay otros, como la solución de problemas o la impartición de la justicia—, pero es fundamental en todos los campos de las ciencias y las humanidades. Cuando no se le permite a una universidad buscar la verdad, cuando se le impone un credo que debe aceptar sin chistar, la universidad se convierte en otra cosa, en una institución para enseñar, transmitir y perpetuar un dogma.
La segunda tarea, la de ejercer la crítica racional, requiere, a su vez, de la posibilidad de decir la verdad. La universidad debe ser un espacio en donde se busque la verdad, pero también en donde se hable con la verdad. La autonomía permite que los universitarios sostengan verdades incómodas para el Gobierno y para el resto de los poderes, externos e internos. Por lo mismo, la universidad pública entendida como un espacio de crítica racional, requiere de la autonomía para poder desarrollarse de manera libre. La nación espera que la universidad cumpla con esa misión. En varias ocasiones, la UNAM ha levantado la voz con gallardía en momentos graves para la nación y lo ha hecho con la autoridad que le confiere el ejercicio de la razón.
Atreverse a decir la verdad en la plaza pública es una virtud muy especial. Los griegos la llamaban “parresia”. Es revelador que en el último curso que Foucault impartiera en el College de France, el filósofo defendiera esa virtud que requiere de franqueza y, sobre todo, de valentía, ya que quien la practica se pone en riesgo frente al poder. Por desgracia, lo que vemos hoy es que a las universidades se les está quitando la capacidad de decir la verdad, de decir las cosas como son. En Estados Unidos, el gobierno federal está castigando a las universidades que ejercen la libertad de expresión para manifestarse en contra de atropellos de los derechos humanos. Se les ha prohibido a las universidades decir la verdad, porque esa verdad ofende al poder. Lo triste es que algunas instituciones académicas, que ni siquiera son públicas, han renunciado a su libertad con tal de seguir recibiendo recursos por parte del gobierno.
Una universidad pública en la que sus integrantes tengan que callar lo evidente por miedo al poder del Estado es una universidad que ha sacrificado uno de los principios de su autonomía. Una universidad pública en la que lo que habría que decir en voz alta tiene que decirse en voz baja no está cumpliendo con la misión que le encargó la nación.

