El proceso de revisión del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá abre un momento propicio para reflexionar sobre la importancia estratégica de México en el mundo. La pandemia por Covid-19 evidenció y aceleró un reordenamiento en las cadenas productivas, pero también dejó ver una nueva geopolítica. En este entorno, Estados Unidos empezó a tomar cartas sobre la fuerte presencia de China en América Latina y en otros mercados desarrollados donde había dejado de prestar atención, y decidió ajustar las reglas del juego, especialmente las comerciales, con las cuales la potencia asiática se vio muy beneficiada. Así las cosas, la pandemia ha atizado un enfrentamiento entre las dos principales potencias económicas del mundo que se juega en diversos ámbitos: el comercial, el económico, el tecnológico y el militar.
México tiene un rol que jugar en esta coyuntura, no sólo como potencia exportadora, sino también como vecino y país amigo de Estados Unidos, a pesar de las tensiones eternas y los cíclicos sentimientos antiamericanos. Cortar los vasos comunicantes de la inversión y la influencia china pasa por reducir la dependencia que Estados Unidos tiene de China, tanto por cadenas productivas como por deuda. Un brazo de dicha estrategia es darle la vuelta al modelo de globalización y “regionalizarlo”. En este entorno, el T-MEC se vuelve un instrumento muy relevante. Con Trump todo es ambivalente, pero las declaraciones recientes del secretario Ebrard parecen indicar que el tratado se mantiene; lo que sigue y seguirá son negociaciones, que también sirven como método de presión de Estados Unidos sobre México para incidir en su política comercial y otros aspectos. En otras palabras, el plan de Estados Unidos para hacer frente a China es consolidar la alianza comercial de América del Norte.
Hoy la economía de Estados Unidos depende 80% del PIB del sector de servicios. La manufactura constituye entre el 10 y 19% y la agricultura el 1%. Comparativamente, la economía canadiense depende 75% de servicios, 21% de industria y 2% de agricultura, y la economía mexicana depende 60% de servicios, 35% de industria y 5% de agricultura. De manera general, México todavía tiene un amplio margen para convertirse en la potencia manufacturera e industrial de la región. Lo anterior, sobre todo si uno considera que durante el proceso de globalización muchas industrias que operaban dentro de Estados Unidos se fueron a Asia, lo que ha representado la desinstalación de capital y la pérdida de formación de talento manufacturero dentro de ese país.

Advertencia desde Palacio
Además, la política arancelaria de Estados Unidos ha estado orientada a poner aranceles a buena parte del mundo y, en menor proporción, a México y luego a Canadá. Esto genera beneficios para inversiones y exportaciones desde México a Estados Unidos frente a otros países del mundo y ayuda a explicar por qué las exportaciones han subido a pesar de las Trumpeconomics y por qué, pese a amenazas y presiones, la inversión extranjera directa llegó a máximos históricos.
La mesa está servida. Para catalizar la potencia exportadora de México se requiere piel gruesa y cabeza fría: aguantar los embates y las amenazas de Trump, fomentar inversión masiva en energía, infraestructura, logística y agua, y mitigar los efectos de la corrupción, la burocracia y la delincuencia organizada. No es una tarea sencilla, pero el Gobierno mexicano da señales de que está en esa sintonía. El crecimiento de 0.7% del PIB es una señal de alerta de que las cosas no van bien a pesar de la oportunidad.
En este sentido, la Presidenta ha dado señales de que entiende la problemática y la ventana de oportunidad. En semanas recientes se han hecho públicas reuniones con un grupo de economistas de diversas escuelas, ideologías y posturas para aconsejarla; también se reunió con la Asociación de Bancos de México para facilitar el financiamiento de empresas que quieran invertir e instalarse en México. Se ha acercado con cámaras empresariales y ha creado consejos de inversión para destrabar trámites, procesos y situaciones que impiden que las inversiones se desdoblen como deberían.
Sobre todo, ha puesto atención al tema de la energía: luego de seis años de cierre a la inversión privada, ha iniciado un proceso que permite inversión privada en los términos que el Gobierno decide, procurando principios de justicia energética y prosperidad compartida; esa lógica también se integra a proyectos de infraestructura. México se ha beneficiado ampliamente del TLCAN y ahora con el T-MEC. En esta nueva etapa geopolítica el país está en un nuevo momento que puede recuperar oportunidades perdidas y atender deudas pendientes de la apertura económica, comercial y democrática.

