TEATRO DE SOMBRAS

El viejo Coyoacán

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Encontré en el fondo de una caja arrinconada en un puesto de libros de viejo un ejemplar de un cuadernillo de Francisco Jáuregui con el título de Aquel Coyoacán. El opúsculo fue publicado en México en 1951, y tiene ilustraciones de Álvaro Canales. El ejemplar que conseguí tenía el adorno adicional de haber sido dedicado por su autor a Eduardo (Lalo) García Máynez, fundador del instituto universitario en el cual laboro.

Jáuregui describe la vida del pueblo de Coyoacán y de sus alrededores a principios del siglo XX. La villa colindaba hacia el sur con el inmenso pedregal, en el cual sólo crecían cactus y alguno que otro pirul. Por el rumbo del norte, a las orillas del río Churubusco, había alfalfares y llanos en los que pastaban rebaños de animales. Por cierto, el río Churubusco era un río en toda forma, caudaloso, con cascadas. La gente del pueblo iba a bañarse en sus aguas cuando hacía calor.

El autor nos describe un Coyoacán bucólico, inundado del aroma de la tierra removida, de los pastos crecidos, de las plantas salvajes, de los árboles centenarios que crecían sobre sus calzadas más antiguas. El pueblo tenía varios barrios con personalidad propia. En el barrio de los Reyes se tejía la flor. En el barrio del Niño Jesús, sus habitantes, que tenían fama de ser tranquilos y se dedicaban a diversos oficios. También cosechaban fruta y cultivaban el maíz. En el barrio de San Francisco, sus vecinos se dedicaban, principalmente, a la música. En el barrio de la Concepción había casas con jardines muy grandes y una escuela, la “Juan Díaz Covarrubias”. En el barrio de San Pedro hubo un convento y ahí instaló Alfredo Ramos Martínez su escuela de pintura al aire libre.

De la plaza de Coyoacán salía el tranvía rumbo a la Ciudad de México. Todas las mañanas se reunían ahí los vecinos que tomaban el servicio rápido para ir a trabajar o estudiar a la ciudad. Jauregui tiene una memoria muy detallada de los nombres de todos los que abordaban el vehículo, de las hermosas doncellas, de los gallardos jóvenes, de los señores elegantes, de los distraídos profesores.

Los domingos, después de la misa de doce, la mayoría de los pobladores de Coyoacán salían a pasear a la plaza. Pobres y ricos, jóvenes y viejos, traviesos y aburridos. Ahí se encontraban todos y se reconocían, si no de nombre, por lo menos de rostro. Se hacían grupitos de muchachas y muchachos. La distracción por la tarde era ir al único cine que había en el pueblo, en donde alguna vez tocara Agustín Lara. Cuando se hacía de noche, las familias regresaban a sus casas y las calles quedaban vacías.

Queda muy poco de ese Coyoacán de principios del siglo pasado. Lo que quizá resulte más admirable es que, aunque sea muy poco, todavía quede algo.

Temas:
TE RECOMENDAMOS:
Javier Solórzano Zinser. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón