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La ironía de Morena y la Constitución

Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El discurso pronunciado por Claudia Sheinbaum en Querétaro el 5 de febrero no fue una defensa de la Constitución, ni un llamado responsable a la unidad nacional. Fue la confirmación del agotamiento intelectual y político de la narrativa que hoy gobierna al país. Un discurso con ecos demagógicos de Goebels, construido con conceptos populistas sin una base sólida, que lejos de unir al país, lo divide al interior y lo aísla internacionalmente.

Las frases heroicas, cargadas de épica y voluntarismo, remiten a una izquierda detenida hace un siglo, combinada con restos del nacionalismo priista de principios del siglo XX y un populismo latinoamericano ya en franca decadencia. No hay ideas nuevas ni diagnóstico realista. Hay símbolos gastados y enemigos imaginarios.

Cuando la presidenta afirma que “México no será colonia ni protectorado de nadie”, combate un fantasma. Trump alardea con invadir México, pero ella sabe que eso no sucederá; le sirve como gasolina para encender un sentimiento anti-imperialista y anti-élites que ha catapultado a su partido a la cima.

México, efectivamente, no es colonia y nunca ha sido un protectorado ni nadie lo ha propuesto. México es un país integrado al mundo por decisión propia, sujeto a compromisos económicos, comerciales, laborales y democráticos. Presentar esa realidad como una amenaza a la soberanía no solo es falso, sino engañoso.

La contradicción central del discurso aparece cuando, en nombre de la Constitución de 1917 y su supuesta “esencia social”, se impulsan reformas que la vacían de contenido. La reforma al Poder Judicial no busca fortalecer la independencia ni el Estado de derecho, sino someter a los jueces a la discreción política y eliminar cualquier límite efectivo al poder. La anunciada reforma electoral no pretende democratizar el sistema, sino rediseñarlo para eliminar contrapesos y tener un mayor control sobre los procesos electorales.

Lejos de fortalecer a las instituciones, estas reformas permiten burlarlas, esquivarlas e interpretarlas a conveniencia. Se normaliza que un partido concentre mayorías desproporcionadas, se debilitan los contrapesos y se convierte a la Constitución en un texto maleable, útil solo cuando legitima al poder.

En lugar de convocar a la unidad frente a los riesgos que ella misma exagera, Sheinbaum insiste en dividir al país en bandos irreconciliables: pueblo contra “neoliberales”. Esa lógica no busca cohesión social. La polarización no es consecuencia, es el método.

El verdadero riesgo no es externo, sino interno. La Constitución fue la culminación de la Revolución, cuyo origen fue la liberación de una dictadura. La ironía es que hoy se la invoca mientras se la ignora, se la manipula y se la interpreta a conveniencia, hasta parecerse cada vez más a aquello mismo que dio origen a la Carta Magna.

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Javier Solórzano Zinser. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón