Leí que las imitaciones de relojes de lujo han logrado tal perfección que sólo los mejores especialistas son capaces de distinguir un reloj verdadero de uno falso. Si usted ve el reloj con cuidado, no encontrará diferencia perceptible. Hay que utilizar una lupa de precisión para encontrar los rasgos minúsculos que distinguen al original de la copia.
Las diferencias son sutilísimas. Una tonalidad apenas perceptible, un número colocado a una fracción de milímetro hacia un lado, un efecto mínimamente observable en el pulido del material. Ni siquiera cuando se abre la caja y se revisa su interior se advierten las diferencias. Todo parece igual. La máquina es virtualmente idéntica, las piezas del mismo tamaño, aparentemente del mismo material. Todo se mueve de la misma manera. Hace falta tener un ojo muy educado para encontrar las diferencias, algo que sólo pueden lograr los especialistas con más preparación y experiencia.
Hay dos preguntas filosóficas que se pueden plantear ante esta situación. La primera es la de si puede haber una copia tan buena como el original. La segunda es la de si puede haber una copia mejor que el original.

El estado 33
Podría responderse a la primera interrogante que no puede haber una copia idéntica al original, porque entonces dejaría de ser una copia, es decir, ya no tendría sentido distinguir entre original y copia. Pero supongamos que sigue habiendo diferencias entre ambas y que, sin embargo, la copia sea tan buena como el original en todos los aspectos. Por ejemplo, que, aunque los materiales utilizados no sean los mismos, la apariencia exterior y el funcionamiento mecánico del original y la copia sean iguales. ¿Por qué habríamos de elegir, en este caso, al original sobre la copia, tomando en cuenta que entre ambos haya una diferencia de precio?
Consideremos ahora la situación en la que la copia resulta mejor que el original. En esta circunstancia, el original y la copia tampoco son idénticos, hay sutiles diferencias entre ambos, sin embargo, la copia supera al original en algunos aspectos, por ejemplo, sus materiales son más resistentes o su funcionamiento más exacto. Éste sería un caso en el que el alumno ha superado al maestro. ¿Por qué habríamos de elegir en esta situación al original sobre la copia, sobre todo cuando, como se asume en el ejemplo, la diferencia de precio entre ambos es significativa?
Una respuesta que se puede ofrecer es que el origen de un objeto determina su valor de una manera determinante. Sin embargo, el origen no es algo que tenga un impacto directo en la apariencia o en el funcionamiento. Se trata de una propiedad intangible. ¿Pagaría usted más por un original que por una copia que, en todos los aspectos, es igual o incluso mejor que el original? ¿Le da usted tanto valor a la historia de un objeto?

