La palabra “personaje” tiene su raíz en “persona”, término que en la antigüedad se asociaba con la máscara utilizada por los actores en el teatro griego, conocida como prósopon. Aquella máscara no sólo cubría el rostro, también representaba el papel que se interpretaba en escena. En el ámbito de la crítica literaria se distingue con claridad entre la persona y el personaje. La persona pertenece al mundo real, con identidad propia y existencia concreta. El personaje, en cambio, es una construcción narrativa, una figura creada por el lenguaje, que cobra vida únicamente dentro del texto y en la imaginación del lector.
Cuando hablo de Julio Scherer no hablo de su persona. No lo absuelvo ni lo santifico. Hablo del personaje que decidió ponerse al publicar su libro. El personaje del que estuvo adentro y ahora habla. Scherer no es un héroe, no es un mártir y tampoco es “quien descubrió el hilo negro”. Pero eso sí, es quien “puso el dedo en la llaga”, como nadie lo había hecho antes, le dio forma y rostro a lo que era un “secreto a voces” y de lo que muchos temían escribir, comentar o publicar.
En política, más que en cualquier otra cosa, hay una diferencia clara entre el personaje y el actor. Aplaudir al personaje no es celebrar al actor. En este caso, lo relevante no es quién escribe, sino a quién exhibe. El libro no limpia a Scherer, expone a quienes mantuvieron como rehén al entonces presidente de México; Jesús Ramírez Cuevas, Adán Augusto, María Elena Álvarez-Buylla, Olga Sánchez Cordero, Alejandro Gertz Manero y un grupo de operadores que, según el relato del libro Ni venganza ni perdón, terminaron influyendo y deformando decisiones que marcaron el sexenio y cambiaron el rumbo del país. No son chismes de sobremesa, son el testimonio de quien formaba parte de ese mismo círculo, y que, como si se tratara de una tribu de caníbales, terminó por despedazarlo y expulsarlo del entorno presidencial. Quizás el libro fue escrito por alguien que habló desde la herida, y eso puede ser motivo para demeritarlo, pero la realidad que describe es innegable. Ese círculo que ejercía el poder, desde muy adentro, le hizo mucho daño al expresidente.
Por supuesto que iba llegar la hora en que a Jesús Ramírez Cuevas le sacaran sus verdades y, éstas, una vez publicadas, se multiplicarían al ver que no pasó nada en difundirlas. Chuy fue el mismo que decidió cortar de tajo con los medios y crear los suyos, más como una maquinaria de propaganda que como un instrumento de comunicación real. Se encargó no sólo de la operación de medios, también se inmiscuyó en temas políticos, por ejemplo, fue quien le cerró el paso a Omar García Harfuch en su intento de llegar a ser Jefe de Gobierno.
Adán Augusto López es retratado como un abogado de medio pelo que se empoderó con la llegada de su “hermano” al poder. A él se le atribuye el pleito con la ministra Norma Piña y, por consiguiente, la reforma al Poder Judicial, que, si bien modificó un andamiaje de corrupción enquistado, también generó desconfianza extranjera en el país. Un desgaste innecesario. Una forma de hacer política bárbara, algo así como querer usar un mazo para encajar una aguja en la seda, conductas propias de un provinciano que en su tierra atendía un tendajito en la esquina de su colonia y de pronto le dan la administración de una cadena internacional de supermercados.
Podemos seguir y seguir, porque si algo se le reconoce a Julio Scherer fue haberlo dicho y haberse atrevido a hablar. Aquí el punto no es si él es bueno o malo. El punto es que alguien que estuvo en el epicentro del poder describe cómo se tomaban las decisiones. Cuando alguien que ocupó un área gubernamental tan importante y tuvo cercanía con el Presidente rompe el silencio, no se trata de aplaudirle, se trata de entender el daño que causaron. Todas las decisiones negativas que hoy mantienen bajo presión al segundo piso de la Cuarta Transformación, como ellos lo llaman, tienen nombre y apellido y tuvieron intenciones retorcidas.
No se trata de la persona, sino del personaje. En este caso, el personaje que asume Julio Scherer es el del “testigo hostil”, ése que en la Roma republicana formaba parte del sistema, tenía responsabilidad, pero cuya declaración servía para exhibir el colapso estructural.
Lea el libro, juzgue usted y coloque a cada uno en su lugar. Por lo pronto Adán Augusto se cayó del trono, también Alejandro Gertz Manero, María Elena Álvarez-Buylla, Olga Sánchez… y por lo que se ve, muy pronto don Jesús.
Reenviado.
“La política demanda pasión, pero, a la par, mesura, sosiego interno, dominio de sí mismo, para no intentar dominar a otro u otros; aspirar a dominar las cosas y no a los hombres...”
—Jesús Reyes Heroles