PESOS Y CONTRAPESOS

Mercancía y reglas del mercado

Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Mercancía es el bien que se produce para ofrecerlo a la venta, que depende de la compra. Son los consumidores, comprando o no, quienes deciden qué, cuánto y para quién se produce.

Quien produce y ofrece mercancías debe jugar con las reglas del mercado, comenzando por ésta: deben ser los consumidores quienes paguen el precio, que debe cubrir el costo de producción, condición para que la mercancía siga produciéndose y ofreciéndose, en su beneficio.

El productor debe ofrecer al precio que el consumidor está dispuesto a pagar y éste debe cubrir el costo de producción. ¿Qué alternativas le quedan si el precio al que está dispuesto a comprar el consumidor no alcanza para cubrirlo? Primera: volverse más productivo, capaz de reducir el costo, lo que le permitirá reducir el precio. La segunda: lograr que el gobierno le otorgue un subsidio igual a la diferencia entre el precio que cubre el costo y el que los consumidores están dispuestos a pagar.

De las dos alternativas, ¿cuál es la correcta? La primera. Pero, ¿qué pasará si no se logra reducir el costo de producción y bajar el precio? Lo que debe pasar: la cancelación de la producción de dicha mercancía.

¿Qué sucede si el productor consigue subsidio gubernamental? En primer lugar, que el gobierno obliga a los contribuyentes a pagar por un bien por el cual, como consumidores, no están dispuestos a pagar. ¿Por qué? Porque el gobierno, antes de otorgar el subsidio, debe cobrar un impuesto. En segundo lugar, que el gobierno viola la soberanía de los consumidores, impidiendo que, por obra y gracia del subsidio, deje de producirse lo que ellos no están dispuestos a financiar pagando el precio que alcance a cubrir el costo de producción. En tercer lugar, que el gobierno elimina el incentivo para que la empresa se vuelva más productiva (capaz de reducir el costo de producción), y más competitiva (capaz de ofrecer a menor precio). En cuarto lugar, que, a cambio del subsidio, el gobierno demanda, en reprocidad, agradecimiento, sumisión y complicidad, lo cual, para empezar, resulta antidemocrático.

Quienes producen y ofrecen bienes deben jugar con las reglas del mercado, comenzando por esta: deben ser los consumidores, y solamente ellos, quienes paguen el precio que cubra el costo de producción, evitando los subsidios gubernamentales. Si por una mercancía los consumidores no están dispuestos a pagar ese precio, y los productores no son capaces de ofrecerlo a un precio menor, esa mercancía debe dejar de producirse, sobre todo si nada tiene que ver con la satisfacción de necesidades básicas, como es el caso de las películas.

Si los cineastas hacen de sus películas mercancías, y desde el momento en el que las ponen en cartelera es lo que hacen, entonces deben jugar con las reglas del mercado. Si los consumidores (en este caso los cinéfilos), no están dispuestos a pagar, comprando el boleto, el precio que alcanza para cubrir el costo de producción de la película, entonces, por más que el guionista, el director y los actores la consideren una obra de arte, ¡que la humanidad no debe perderse!, esa película, si el cineasta quiere tratarla como mercancía, no debe producirse. ¿Alternativa? Que consigan subsidio de un mecenas privado.

Que el gobierno subsidie a la industria cinematográfica privada no es socialismo, mucho menos comunismo. Es capitalismo de compadres.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón