PESOS Y CONTRAPESOS

Cinco realidades (2/5)

Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Hay cinco realidades, del mundo de la economía, mal entendidas, inclusive por economistas: el mercado, la riqueza, el empresario, el dinero y el capitalismo. Vale la pena explicarlas.

Ya expliqué el mercado. Le toca el turno a la riqueza, que consiste, no en el dinero, que es el medio de intercambio de la riqueza, sino en los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades. (Una es la pregunta ¿en qué consiste la riqueza?, y otra ¿en qué consiste ser rico?).

Para entenderlo imaginemos a Robinson Crusoe, el náufrago más famoso de la literatura, perdido en su isla, aislado del resto del mundo, con un millón de millones de dólares. Se muere de hambre y sed. ¿Pero cómo, si tiene un millón de millones de dólares? Sí, pero no un McDonald’s, donde comprar un McTrío, y quitarse el hambre y la sed.

Imaginemos que trasladamos a Robinson Crusoe, con todo y su millón de millones de dólares, a Manhattan. Sería el hombre más rico del mundo (según el informe más reciente de Forbes, el hombre más rico del mundo es Elon Musk, con una fortuna estimada en 845 mil millones de dólares, 155 mil millones menos que Crusoe), pero no por el millón de millones de dólares, sino por la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios de los que puedes disponer, viviendo en Manhattan, teniendo a tu disposición esa cantidad de dinero.

El dinero no es riqueza, es el medio de intercambio de la riqueza. La riqueza consiste en los bienes y servicios con los que satisfacemos, de entrada, nuestras necesidades básicas, que, de quedar insatisfechas, atentan contra la vida, la salud y la dignidad, y, de salida, nuestros gustos personales que, de quedar insatisfechos, atentan contra una vida propiamente humana, con el sentido que cada uno quiera darle. No sólo se trata de comer (satisfacer una necesidad básica, dimensión biológica), sino de comer lo que a uno le gusta (satisfacer un gusto personal, dimensión estética).

La gran mayoría de los bienes y servicios con los que satisfacemos desde necesidades básicas hasta gustos personales deben producirse (ejemplo: desde los zapatos hasta los anteojos, y todo lo que usamos entre los pies y la cabeza), por lo que generan un costo de producción, que alguien debe cubrir, para lo cual alguien debe pagar un precio. ¿Quién debe hacerlo? El comprador, para lo cual debe generar ingreso, para lo cual debe tener trabajo.

Lo anterior nos lleva a considerar lo que llamo La Primera Lección de Economía, dividida en tres partes acumulativas: (i) Vivir cuesta; (ii) Vivir cuesta, porque producir bienes y servicios cuesta; (iii) Vivir cuesta, porque producir bienes y servicios cuesta, porque alguien debe cubrir ese costo. ¿Quién debe hacerlo? Quien se beneficia del consumo de esos bienes y servicios. ¿Y quién se beneficia de dicho consumo, que consiste en disponer del satisfactor para, valga la redundancia, satisfacer la necesidad (beber el vino para quitar la sed y comer el pan para quitar el hambre)? El consumidor quien, previo a serlo, debe ser comprador.

¿Qué pasa si un consumidor no tiene suficiente dinero para comprar y satisfacer sus necesidades? Tendrá que esforzarse más. ¿Por qué? Porque vivir cuesta, porque producir bienes y servicios cuesta, porque alguien debe cubrir ese costo. ¿Quién debe hacerlo? Quien se beneficia del consumo, el comprador.

Continuará.

Temas:
TE RECOMENDAMOS:
Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón