En qué minuto empieza algo. Cuándo. En qué instante despierta la conciencia de atestiguar un origen sutil, casi imperceptible, por vaporoso. Una muesca menor. Como el latir en el corazoncito de un ratón.
Pero qué fácil, el caer de un puente. La explosión del Challenger al despegar. La muerte de la actriz Brigitte Bardot. Su cara estuvo en todos los periódicos. Hoy me aparece en Instagram la foto de una persona sin casa, que duerme ante una vitrina de Zara Home. Está inmóvil, descubierta, al pie del ventanal que presume una cama, cobijas y almohadas en tonos neutros. Quizá su fallecimiento sería noticia porque fue viral la imagen. Si no, los forenses sabrían cuándo dejó el cuerpo o trascendió, como dicen.
El inicio es más difuso que el fin. La catedral de Antigua Guatemala tuvo una fecha exacta de acabóse. Los terremotos de mil setecientos y setenta y tres tiraron las cúpulas. Hoy es un museo de temple severo. El cielo impresionante allá arriba. En lugar de los dioses fraudulentos, la construcción salió ganando nubes. Se conserva el registro de que su primera piedra se puso un día del año mil quinientos cuarenta y cinco. Que usaron escombros de un edificio abatido por querer. O sin él, pero los finales suelen pecar de obvios. La catástrofe de una pareja se va anunciando con cierto hartazgo por lo que el otro es o representa. Y casi de porrazo él te parece grosero, un imbécil presuntuoso, alguien a quien nada te une. Nada. La diferencia entre caer un techo y la terminación de un amorío es que los tejados levantan polvo. La ruptura cava un tedio abismal.
Detectar los inicios pide arte. Aguantar incluso el mismo aliento. Por ejemplo, un tumor cerebral existe mucho antes de mostrarse. En la madrugada de este domingo la mutación surge por vez primera allá en lo escondido, microscópica, aunque se manifieste en varios meses, gracias a la resonancia magnética. Hoy todo se mira igual. Pero no. Así, “¿cuándo nos empezamos, pues?”, se dicen los dioses grandes. Los más. Aquéllos. Los que nacieron el mundo, cuentan en el libro El viejo Antonio. Ésa es la pregunta definitiva, porque no se comienza a existir durante la concepción ni en el parto. Gestar es un proceso lento. Quedo. El nuevo ser va incrementando células. Desarrolla espina dorsal, los órganos, papilas gustativas, uñas, glándulas, sistemas más abstrusos cada vez. Asoma con huesos interminados, aunque sean bastantemente cabales. ¿En qué momento es un ser humano? Qué zona más equívoca. Ambigua. ¿Y el mar? ¿Alguien sabe su nacimiento? ¿Cuándo comienza el antes del antes?
“El poema surge de cosquilleos, una mezcla de inquietud y placer”, señalaba el argentino Giannuzzi. Coincido, lo mismo que un nuevo amor se filtra de a poco, agua de mayo, por las rendijas de cada sentido, las dos vivencias involucran ritmo. Son escalofriantes e implacables. Poema y amor son como hojas nuevas. Hoy mismo estoy pasmada ante ambas.