Las últimas semanas han sido tensas en Israel. En varias ocasiones el público ha estado convencido de que es cuestión de horas para que comience un ataque, ya sea de Estados Unidos o de Israel contra Irán, y una represalia iraní con decenas de misiles dirigidos a blancos israelíes y bases militares de Washington en la región.
La prensa, ávida de clics, se ha prestado por completo a la histeria colectiva, publicando casi cada hora noticias que anuncian un ataque inminente. Declaraciones de Trump, entrevistas anónimas con oficiales y militares de ambos países, embajadas que retiran a su personal del territorio israelí. Yo, sin embargo, tomé la decisión de no prestar demasiada atención a estas noticias, pues a mi parecer la única persona en el mundo que sabe si habrá un ataque y cuándo será es el presidente Donald Trump; incluso es posible que ni él mismo sepa con certeza qué es lo que quiere.
Se ha hablado mucho sobre los movimientos militares de Estados Unidos en Medio Oriente, portaaviones, lanzamisiles, movimientos de tropas, refuerzo de bases militares, pero poco o nada se sabe sobre cuál sería el objetivo estratégico de un ataque de ese tipo. Si la meta de Trump es derrocar al régimen, parece, sobre todo después de que este sobreviviera la mayor sublevación popular contra la república islámica y masacrara a decenas de miles de civiles a sangre fría, que un ataque militar probablemente fracase en conseguir su objetivo. Estados Unidos no planea una invasión terrestre y, por más grande que sea el daño, es posible que el régimen sobreviva un ataque de Washington. Si el objetivo es detener el programa nuclear de Irán, tampoco es seguro que un ataque aéreo lo consiga. Hace algunos meses, Estados Unidos lanzó su bomba no nuclear más poderosa y, según lo que se sabe, incluso esta fue incapaz de destruir la planta nuclear subterránea de Fordo. Desde un punto de vista estratégico, un nuevo ataque contra Irán sólo reafirmaría para el régimen que su única posibilidad de supervivencia es poseer armas nucleares, lo que lo convertiría en una acción completamente contraproducente.
Si el objetivo es presionar al régimen para negociar, un ataque de poca envergadura podría, tal vez, sólo en ese caso, resultar útil. Estados Unidos e Irán están negociando en Ginebra un nuevo acuerdo que ponga fin al programa nuclear iraní, y Trump ha decidido mover fuerzas militares a la zona y amenazar al país con un ataque para ejercer presión sobre Irán. Después del secuestro de Maduro en Venezuela, la amenaza de Trump tiene bastante credibilidad. Aun así, podría ocurrir que Irán, precisamente por encontrarse contra las cuerdas, no ceda ni siquiera después de un ataque. Washington, incluso con la cantidad de equipo militar que ha desplegado en la región, no tiene la capacidad de llevar a cabo bombardeos durante más de un par de semanas. Y así transcurren los días: negociaciones, amenazas, una prensa frenética y una región entera a la espera.