TEATRO DE SOMBRAS

La UNAM no tiene 475 años

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Hace unos días, el rector Leonardo Lomelí instaló el comité organizador de la conmemoración del 475 aniversario de la fundación de la Real Universidad de México.

¿Qué tiene que ver esa universidad, que luego adquirió el título de Real y Pontificia Universidad de México, con la UNAM, fundada en 1910? Lo que se afirma es que, a fin de cuentas, son la misma, por lo que le corresponde a la UNAM recordar la fundación de aquélla.

La ocurrencia de que la UNAM celebre la fundación de la universidad virreinal no es nueva. En 1951, durante el rectorado del Lic. Luis Garrido, se festejó con harta pompa el cuarto centenario de esa institución. Supongo que quienes quisieron trazar una línea de continuidad entre la Universidad Real y Pontificia y la UNAM, pensaron que eso le daría a esta última mayor antigüedad y alcurnia. Un argumento aducido —flaco, en mi opinión— fue que la Universidad Nacional se formó con los colegios profesionales que ya existían en 1910, como el de Leyes y Medicina, y que éstos, a su vez, procedían de los que existieron antes en la Universidad Real y Pontificia.

No pretendo menoscabar los méritos de la Universidad Real y Pontificia, pero me parece que es incorrecto que la UNAM la tome como su matriz.

En su célebre discurso del 22 de septiembre de 1910, en la ceremonia de inauguración de la Universidad Nacional, don Justo Sierra afirmó de manera tajante que la nueva universidad no sería una continuación de la Real y Pontificia, cerrada varias veces por los gobiernos liberales, incluso por el de Maximiliano, por resultar “inútil e irreformable”. Sierra declaró que la Real y Pontificia había sido una Universidad sometida al Rey y al Papa, es decir, una universidad de siervos que aceptaba como única verdad lo que la autoridad le ordenaba. La Universidad Nacional, por el contrario, sería una universidad de mujeres y hombres libres, que buscarían la verdad sin cortapisas de ningún tipo, y cuya única lealtad sería la que le deben a la patria.

En respeto a las ideas y a la voluntad de los fundadores de la Universidad Nacional de México, considero que hemos de tomar a 1910 como la única fecha de nacimiento de la actual UNAM. Cuando se celebró su centenario en 2010, durante el rectorado de José Narro, se tuvo la oportunidad de acabar con la confusión, pero no fue así, se prefirió dejar la cuestión en una embarazosa ambigüedad.

Siempre me ha parecido un despropósito que, en algunas ceremonias oficiales de la UNAM, universidad de una nación independiente y cuyo sistema educativo oficial es laico, se cuelgue el pendón de la Real y Pontificia Universidad de México. Es como si en una ceremonia del Estado mexicano se izara la bandera del imperio español únicamente porque alguna vez fuimos parte de España. La situación se vuelve todavía más ridícula si tomamos en cuenta que hoy existe la Universidad Pontificia de México, institución académica que se presenta como la genuina heredera de la universidad virreinal, por lo menos en lo que toca a su condición de estar regida por una norma papal.

Insisto: una enorme diferencia entre la Universidad Real y Pontificia y la UNAM es la subordinación de la primera y la autonomía de la segunda. La UNAM es autónoma desde 1929 y eso define —o debería hacerlo— su presente. ¿Qué puede tener en común nuestra UNAM con una universidad que obedecía los dictados de la autoridad civil y religiosa? ¿Qué podemos conmemorar, hoy en día, de aquella sumisión tan contraria a las condiciones indispensables para el desarrollo del conocimiento científico?

Hay un riesgo que no quiero dejar de señalar. Tanta fiesta en torno a la Universidad Real y Pontificia nos puede hacer perder de vista la importancia de la autonomía universitaria, una condición frágil que requiere cuidarse con celo.

La fecha de nacimiento de la UNAM no es un mero asunto cronológico, sino una cuestión ideológica y, a fin de cuentas, política. No es, por lo tanto, un asunto menor que decidamos, de una vez por todas, cuántos años tiene la UNAM, porque lo que está en juego es el sentido y la misión de la universidad más importante del país.

(Nota: En este texto retomo algunos párrafos de un artículo mío publicado en 2015.)

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