A todo le reducimos el tamaño. Nos angustia lo hipopotámico, lo demandante. Preferimos las miniaturas, por eso en México sumamos sin pudor las terminaciones ita, ito, illa, illo. Brincan en todas partes con su i, vestida de ligereza. Diminutivizamos a placer, como en cochecito o rodilla. Ah, no, La Utora pide urgente perdón: cochecito sí es la versión petit de coche, pero no lo es rodilla. Para curarse en salud, recuerda a Santa Teresa al hablar preciosamente de una “motita de poca humildad”.
Este tipo de sufijo puede cumplir tres funciones: 1. acentuar afecto, como en mi noviecito, aunque los ojos rodando en blanco alboroten la intención de apapacho; 2. señalar magnitud reducida: el perrito chihuahua; 3. suavizar el mensaje para evitar un tono agresivo: parece menos brusco pedir un vasito de agua, con esa i que sonrisa la cara, en vez de un vaaasooo, con sus vocales abiertas. Plantadas. Pero el remate puede subrayar una carga insidiosa. Cualquiera detecta el veneno si le llaman gordito, pendejita, indito o mosquita muerta. Cero atenuación. Todo lo contrario.
En otra acera están los que La Utora llama diminutivos falaces: podrían aludir a pequeñez o dar un matiz cariñoso, pero acusan otra raigambre. Si guerrilla es una guerra minúscula, ¿rodilla es una roda lacónica? ¿Y monaguillo, un monago exiguo? ¿Tantito es un tiempo más cordial que tanto? ¿Cuándo tienes poca hambre comes una cochinita y no una cochina en plena forma? ¿Benito es un Beno muy entrañable? ¿Margarita, una Márgara corta? ¿Tepito, el Tepo encogido? En la comida, los impostores lucen muchísimo, pero no, la quesadilla no derivó de la quesada, ni las gomitas, de las gomas, ni un mojito es la presentación breve de un mojo. Si bien nos pintamos solos en esta lid, dejemos de repetir cosas que la frase maldito parásito resulta la forma candorosa de maldo paraso. Qué confusito.

Mayer, ni una ni otra
Una tarde de 1978, en México, Jorge Luis Borges conversa con Juan José Arreola. El argentino señala que los gauchos dicen allicito, no con un sentido de precisión sino de cortesía difusa, para no dejar al preguntante sin respuesta. “¿Dónde queda tal cosa? Y, allicito”. Es tan vago como nuestro ahorita, que se explica como “Después, en un lapso indeterminado” en el Diccionario de mexicanismos. Propios y compartidos, de la Academia Mexicana de la Lengua. O sea, quién sabe.
Los minidiminutivos, capciosos, indispensables, le deben mucho a la i de estilo fino. De sonido sutil. Si se eliminaran del español mexicano, mi conversación con una amiga al andar por la calle podría ser incomprensible:
—Cuidado con esa alcántara abierta.
—Gracias por decirme… Capaz que me caigo y me rompo la costa.
—Deja eso, ¡se ensuciaría tu bono pantalón de mezcla!
Sin alcantarillas, costillas, bonito y mezclilla el idioma perdería matices.
Aquí La Utora termina su escrito. Y sí, este escrito lleva afectito.

