Durante años, la relación entre Rusia e Irán fue leída como una cercanía de conveniencia: dos Estados sancionados, dos regímenes enfrentados a Occidente, dos gobiernos dispuestos a cooperar mientras ese vínculo no les exigiera demasiado. Hoy, esa lectura ya no alcanza.
El 17 de enero de 2025, Vladimir Putin y Masoud Pezeshkian firmaron en Moscú un tratado de asociación estratégica por 20 años. El texto profundizó la cooperación en seguridad, ejercicios militares, intercambio técnico y banca, pero dejó fuera una cláusula de defensa mutua. Ese dato importa: no forman una alianza automática; construyeron una asociación estratégica en torno al conflicto.
La guerra en Ucrania aceleró esa convergencia. El 13 de septiembre de 2024, la cancillería ucraniana afirmó que Rusia había lanzado 8,060 drones Shahed de diseño iraní desde el inicio de la invasión a gran escala. La cifra muestra que la relación ya no se limita al gesto diplomático ni a la coincidencia táctica. Entró de lleno en la producción de guerra de desgaste. Para Moscú, Irán se volvió proveedor de volumen, persistencia y costos relativamente bajos; para Teherán, Rusia se convirtió en el socio capaz de escalar esa lógica a una guerra mayor.
Ahí aparece una de las semejanzas más importantes entre ambos aparatos militares. Aunque Rusia e Irán son muy distintos en escala, doctrina y ambición global, comparten una misma respuesta ante la restricción: cuando faltan tecnología de punta, dominio aéreo limpio y márgenes económicos, optan por saturación. Drones, misiles, ataques repetidos, presión continua. No es la guerra brillante; es la guerra que desgasta.
Ese aprendizaje compartido se extendió al terreno comercial, logístico y energético. El 15 de mayo de 2025 entró en vigor el tratado de libre comercio entre Irán y la Unión Económica Euroasiática encabezada por Rusia. El comercio bilateral creció 16% hasta 4.8 mil millones de dólares en 2024, mientras que el arancel promedio aplicado por Irán a bienes rusos cayó de 16.7% a 5.2%. A eso se añaden acuerdos energéticos de gran escala: Gazprom firmó en 2022 un memorando por 40 mil millones de dólares con la petrolera iraní; en abril de 2025, Moscú y Teherán anunciaron un acuerdo preliminar para 55 mil millones de metros cúbicos de gas ruso al año, además de financiamiento nuclear y petrolero.
Siria fue durante años el punto de convergencia más visible de esa coincidencia. Rusia aportó aviación, bases y veto diplomático; Irán, milicias, corredores terrestres y profundidad regional. La caída de Bashar al Assad en diciembre de 2024 alteró esa arquitectura, pero no rompió la relación. La volvió más bilateral y más funcional. Irán perdió una pieza central de su corredor hacia Líbano; Rusia quedó obligada a pelear por conservar Tartous y Hmeimim como parte de su alcance hacia el Mediterráneo, África y Medio Oriente.
Moscú, sin embargo, no se volvió un apéndice iraní. Sigue jugando a varias bandas. Mantiene interlocución con Israel y procura no quedar atrapada en una sola línea de conflicto. Esa ambigüedad no reduce su acercamiento a Teherán sino que lo vuelve útil.
Rusia e Irán no son aliados porque se admiren ni porque compartan una visión idéntica del mundo. Son socios de guerra porque las sanciones, el desgaste y la multiplicación de frentes los empujaron a un terreno común. La pregunta no es si Moscú irá a la guerra por Irán como si existiera entre ambos un juramento irrevocable. La pregunta es cuánto puede hacer para que Irán resista y cuánto puede hacer Teherán para que Rusia siga peleando. Ahí está la convergencia.
Datos vs. ruido. Circula la versión de que Mojtaba Jamenei está en terapia intensiva en el hospital Sina. Hasta ahora, eso no está confirmado. Lo verificable que sobrevivió al ataque inicial y que la propia televisión estatal iraní dejó entrever que resultó herido, sin confirmar su condición clínica.