México se encuentra actualmente en una cuenta regresiva crítica que no sólo concierne a lo deportivo, sino a su capacidad operativa frente al mundo. A pocos meses de que ruede el balón en el Mundial de Futbol 2026, nuestras principales puertas de entrada, los aeropuertos internacionales, enfrentan un escenario de estancamiento que parece ignorar la realidad del siglo XXI.
El servicio de transporte terrestre en estas terminales continúa siendo controlado por monopolios de taxistas que imponen condiciones arbitrarias y precios desorbitantes a los usuarios. A esto se suma una evidente escasez de unidades que deja a los viajeros en la vulnerabilidad, mientras se mantiene una prohibición tajante contra la entrada de servicios de transporte por plataforma, como Uber y DiDi.
La situación alcanzó un punto de máxima tensión con el reciente bloqueo orquestado por grupos de taxistas en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM). Al cerrar las vías de acceso, no sólo afectaron a miles de pasajeros, sino que utilizaron el caos como moneda de cambio para presionar a la autoridad. Lo más preocupante es que la táctica surtió efecto: el director del aeropuerto terminó por ceder, prometiendo que la Guardia Nacional se encargaría de vigilar y perseguir a los vehículos de plataforma para garantizar que sólo los taxis concesionados presten el servicio. Resulta un error garrafal caer en este tipo de chantajes gremiales, especialmente cuando existen diversos amparos ganados que otorgan el derecho legal a estas plataformas para operar. Al ceder ante la presión de la calle sobre la resolución judicial, se debilita el Estado de derecho y se envía un mensaje de inseguridad jurídica sumamente grave.

Abuso de Cometra en el Metro
Esta prohibición no es sólo una cuestión de logística de transporte; es una violación flagrante a la libre contratación y a la libertad de circulación de los ciudadanos. Representa un atentado directo contra el avance tecnológico, condenándonos a un retroceso que nos sitúa en el siglo XX.
El país no puede seguir bajo el yugo de liderazgos opacos que se niegan a modernizarse para no perder los privilegios obtenidos a la sombra de administraciones pasadas. En un mundo globalizado, proteger un monopolio rancio a costa de la eficiencia es una receta para el fracaso económico y social.
Hoy nos encontramos en un momento de definición. Es la oportunidad ideal para romper con estas viejas prácticas que distorsionan el libre mercado y encarecen los servicios básicos. Con el Mundial de 2026 en puerta, se espera la llegada de más de cinco millones de visitantes internacionales. Estos turistas, acostumbrados a la economía digital y a la movilidad compartida, se encontrarán con una barrera institucional absurda que les impide utilizar las aplicaciones que usan en cualquier otra metrópoli del mundo. La imagen de México como un país moderno y hospitalario está en juego.
El argumento esgrimido por las autoridades federales y los grupos aeroportuarios se refugia cómodamente en una interpretación rígida y arcaica de la denominación de “zona federal”. Sin embargo, lo que intentan disfrazar de estricto apego a la legalidad no es más que la protección de intereses de grupo. Mientras el resto del planeta avanza hacia la integración tecnológica, nosotros parecemos empeñados en propinarnos un autogol logístico que dañará nuestra competitividad y reputación internacional, mucho antes de que se pite el inicio del primer partido. Es tiempo de elegir entre el privilegio de unos cuantos por el de millones de usuarios.

