Hay un aspecto del modelo psicodinámico y psicoanalítico en terapia que inquieta a algunos pacientes, que esperan que la terapeuta los dé de alta en algún momento. En estos modelos se trabaja a tiempo abierto, porque resulta imposible determinar con exactitud cuándo debe terminar un proceso terapéutico. En Análisis terminable e interminable (1937), Freud examina los límites del tratamiento psicoanalítico y las resistencias que surgen en el aparato psíquico y como parte de la estructura del sujeto.
El objetivo de la terapia es, en lo general, transformar lo inconsciente en consciente, de manera que la persona pueda procesar y elaborar los conflictos que han organizado su vida mental, pero este proceso no es simple ni lineal. La terapia se enfrentará constantemente a resistencias, a veces inconscientes, que harán más difícil el trabajo. Que el yo no es dueño de su propia casa, es una de las grandes diferencias teóricas entre esta forma de terapia y otras, sostenidas sobre la idea de que querer es poder.
Una terapia puede darse por terminada si así lo decide el paciente, pero que culmine no significa que los conflictos psíquicos hayan quedado completamente resueltos.

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Freud señala que un análisis puede darse por terminado cuando el paciente se siente más libre frente a sus síntomas y puede afrontar la vida con menos sufrimiento neurótico, advirtiendo que los conflictos inconscientes nunca desaparecen del todo. La vida psíquica es esencialmente conflictiva.
El análisis tiene algo de interminable por la fuerza de las pulsiones, especialmente las vinculadas a la repetición. Los pacientes suelen desesperarse porque dicen que regresan, semana a semana, a hablar de lo mismo. Sienten que los temas ya están muy gastados, repasados, que ya no hay mucho que agregar sobre lo dicho. Los terapeutas sabemos que tropezar muchas veces con la misma piedra, cometer el mismo error, no poder tomar ciertas decisiones, ser incapaces de abandonar una adicción o de salir de una relación que enferma, son todas consecuencias de la pulsión de muerte, que es la tendencia a retroceder en vez de avanzar en el juego de la vida. Esta pulsión está asociada a repetir experiencias dolorosas o destructivas y es una limitante para la resolución completa de los conflictos.
La intensidad de las pulsiones puede oponerse al efecto terapéutico del análisis. Un paciente que tiende a la ira y a la frustración, viene un día diciendo que no cree que sea posible cambiar más de lo que ya ha cambiado después de cierto tiempo en terapia. Tal vez se ha resignado a que ese rasgo de su personalidad lo domine de vez en cuando. La terapeuta piensa que siempre se puede seguir aclarando y profundizando en la función de un síntoma que hace sufrir y que aparece aún en contra de la voluntad.
Freud también habla de la reacción terapéutica negativa, fenómeno por el cual el paciente empeora o resiste el progreso del tratamiento precisamente cuando comienza a sentirse mejor. Tal vez hay sentimientos de culpa inconsciente que exigen un castigo, como los pacientes que fracasan cuando triunfan.
El análisis depende también de los límites del propio analista, quien también tiene conflictos inconscientes. Un buen terapeuta, además de la formación teórica y clínica, tiene que ir a su propia terapia de manera continua y casi permanente.
El psicoanálisis no debe entenderse como un método que promete una cura total, sino como un proceso de transformación psíquica. El objetivo es que la paciente aumente su capacidad para reconocer sus motivaciones inconscientes y que sea capaz de vivir con mayor libertad. Freud dirá que se trata de sustituir el sufrimiento neurótico por el infortunio común de la vida.
Por VALE VILLA¿Cuándo debe terminarse una psicoterapia?

